20 abril 2015

Comienza el año 1

Lo he leído y, de repente, se me ha pasado el miedo. Su imagen se ha impuesto con nitidez inmediata a otras claves, otros símbolos, el hada del sombrero gris que raptó de la siempre morbosa curiosidad pública el dolor impreso como un estigma sobre el rostro de Thomas Mann, amado mío, amado que partió hacia el exilio tantos años antes de que yo naciera, y la menuda silueta de un niño rubio, solo y desarrapado en el infierno, su hambre y su miedo subrayados por la desnudez de los cascotes que alfombraban una ciudad fantasma, ante la cámara del italiano que bautizó el desastre con una cifra absoluta, fecha imposible y preñada por eso de la esperanza infinita que bendice todo lo que no ha empezado todavía. 

El sábado pasado, en Berlín, un grupo de hombres jóvenes, disfrazados con enormes trajes oscuros, inmaculadas camisas blancas de cuello duro, y corbatas atrozmente estampadas, caminaba portando entre las manos ridículos ramos de flores lacias que se intercambiaban con gestos solemnes de tanto en tanto, deteniéndose en una esquina para besarse tres veces, en mejillas alternas. Los espectadores de la parodia se mataban de risa. Yo sonreí también, y sentí que, de repente, se me había pasado el miedo. Me acordé del «Tiro al Líder», donde, por un módico precio -un duro, cinco duros, ya no me acuerdo, podías atizarle impunemente un pelotazo en plena cara a Fraga, o a Suárez, o a Felipe, al que tu quisieras, por obra y gracia de la CNT, que instalaba el tenderete en todos sus mítines, allá por los tiempos heróicos que se fueron para no volver. 

Y por eso, porque no volverán, me acordé luego de una escena muy distinta, la Praga del 68, donde las muchachas checas esperaban a los tanques en las aceras para desabrocharse las blusas y tentar con sus escotes a los soldados rusos, que, presos aún en un eterno servicio militar, las miraban y sonreían, olvidándose de los manifestantes que se dispersaban ante sus propias narices. Hasta que les embistieron y los mataron como a animales, y su sangre salpicó a el mundo. Me he acordado, y he vuelto a tener miedo, y he decidido que no quiero volver a saber, a pensar, a escribir sobre todo esto.

13 abril 2015

En España no se equivoca nunca nadie

Habrán notado ustedes que en este país nadie se equivoca. Ni los médicos que operan el tobillo izquierdo en vez del derecho, ni los abogados que dejan pasar los plazos de reclamación, ni el Gobierno, por supuesto, ni la oposición (porque no existe), ni los críticos literarios. Para la edición de un libro que recopila grandes errores críticos me pasaron una ristra de citas emblemáticas al respecto. 

Daba pavor ir pasando los folios y ver cómo Voltaire llama bárbara y vulgar a la obra de Shakespeare, cómo Gertrude Stein descalifica a Ezra Pound o cómo Samuel T. Coleridge acusa de plagio al creador del Paraíso Perdido. Cuando me puse a buscar materiales semejantes de la literatura española, más que equivocaciones encontré envidias, rencores y puñaladas de papel. En nuestra crítica no abundan los errores de Juicio. Y no es nada extraño, pues ya hemos dicho que en este país nadie se equivoca. Al fin y al cabo, toda la culpa de la desgracia histórica de la Armada Invencible recayó sobre un servicio de meteorología que estaba por inventar. Y es que equivocarse no es tan fácil como parece. 

Se requiere al menos dos cualidades: juicio y valor, y la crítica española no anda muy sobrada ni de lo uno ni de lo otro. El,juicio exige tener criterios y en este pais se disculpa su ausencia con el rollo de que los criterios son prejuicios. Se reivindica así una imposible lectura inocente que justifica la puesta en papel impreso de todas las tonterías del mundo. Se rechazan los criterios y se ensalza el gusto como si éste pudiese existir sin aquéllos. Hace poco, un columnista venía a decir que esto de la literatura y la crítica era como la gastronomía: a unos les gustan las patatas fritas y a otros no. 

Por lo visto se olvidaba de que además del gusto existe la posibilidad de que las patatas estén crudas o refritas. Tan crudas como La isla inaudita, de Eduardo Mendoza, o tan refritas como Bella del Señor, de Albert Cohen. Cabe, por supuesto, la sospecha de que alguien las prefiera de esa guisa y, por eso, sería necesario que el critico tuviera, por lo menos, ligeras nociones sobre la historia del gusto. Pero es más cómodo decir una tontería que leerse Lo crudo y lo cocido, de LéviStrauss, o esforzarse en ver la estética -visión del mundo- que incorpora cada obra. Pero la verdad es que hoy tener o intentar tener criterios es algo peligroso. Todos nos hemos vuelto liberales y liberalismo a la española ha resultado ser un escepticismo de carbonero. Optar por algo se lee hoy como síntoma de dogmatismo y aquí el único dogmatismo que tiene buena prensa y suelo es el oportunismo. 

Si a alguien le llaman que se eche a temblar: tiene los, días contados. Y si no se opta por nada, el valor es algo innecesario. La cobardía se disfraza de información objetiva. La prudencia frente al mercado se presenta como tolerancia estética y la ética profesional se trasvasa en encomiado profesionalismo cuando se trata de cobrar nómina de una editorial. Aquí se carga uno a Eco porque, entre otras cosas, queda bien y encima no le pasa a uno nada, y se entroniza a Jünger porque ya se sabe que las ideologías nada tienen que ver con la escritura. Mientras ojeaba aquel rosario de errores, me di cuenta de que en el riesgo estaba la gloria de la crítica. La miseria es haber elegido no equivocarse nunca.

06 abril 2015

Testimonios de la posguerra

Igual que La colmena de Cela más de veinte años antes, Si te dicen que caí de Marsé no podía aparecer sino fuera de España, merced al premio de la mexicana editorial Novaro en 1973. En el jurado, con el español Angel María de Lera, el mexicano Revueltas y el colombiano Otero Silva, el peruano Mario Vargas Llosa, que en 1966 figuraba entre los otorgantes al mismo escritor del no menos resonante barcelonés Biblioteca Breve por Ultimas tardes con Teresa. Tan afín a Marsé con su La ciudad y los perros y otras, escribió del caso: «Una explosión sarcástica en la novela española.» Dionisio Ridruejo, coautor que fuera del himno del que paródicamente extrae Marsé el verso de su título, en prologal artículo a una de las reediciones de Si te dicen que caí afirma que no es tan satírico y sí compasivo. 

Para los lectores de hoy es ya casi inidentificable el referente de este título sin acceder al testimonio impreso u oral. Claro es que al cabo de varias ediciones, la nueva que hoy tenemos en las manos se autotestimonia, autoreferencia. Y apoya a nuevos utilizadores del esfumado himno, tal como seguramente ocurrirá, habrá ocurrido con Volverá a reir la primavera, con que el poeta Antonio Hernández titula la flamante salida confirmadora de su nueva mano de narrador. Si te dicen que caí, en versión corregida y definitiva, sale justamente cuando llega a la pantalla la cinematográfica que ha dirigido Vicente Aranda. 

Como portada, un fotograma de la película. El texto arrebatado y presuroso de la inspiración no pudo ser corregido en las pruebas mexicanas y negligido en las sucesivas españolas. Erratas, oraciones desmañadas. Pero sobre todo, se trataba de «arrojar un poco más de luz sobre algunas encrucijadas de una narrativa compleja y ensimismada», aunque le conviniera -«confusa la historia y clara la pena»- mantener la penumbra que envuelve a muchos pasajes. Relato de búsqueda, de trama casi policial: el «complot» que un personaje dice en la búsqueda de una desdichada y misteriosa mujer; la lucha reemprendida y definitivo caer de aquellos desnortados resistentes -de hierro y soñadores como niños cantados en la frase final. Elegía y lirismo desolado de evocar los pobres maltratados por la posguerra en aquel barrio desaparecido de Barcelona, sus furiosos muchachos «que participaron -dice Marsé- conmigo, la calles leprosas, los juegos atroces, el miedo, el hambre, el frío...» 

Comienza la corrección con un cierto impulso de reescribir, tal vez y con parecido resultado -pues de un clásico se trata aunque sea él mismo, al del rescriptor del Quijote. Mas no todo es transcripción inesquivable. Ya en la primera página queda en «aullido azul» lo que fue «aullido azul de la verdad». No aclara mucho. Tampoco la precisión topográfica, políticourbana ya desconsabida también. Pero el trabajo se va haciendo con supresiones, añadidos y recomposiciones de estructura hasta ofrecer con el cotejo un interés añadido para el curioso y cardenalicio bocado -repaso de materiales lingüísticos, sociológicos, históricos, estilísticos del crítico textual. 

Quizá la película aclare más simplificando el difícil seguimiento argumental -que ha irritado o exaltado a varios críticos-; la maraña perdida en el narrar clou, las «aventis» del narrar de los muchachos en el que participan el autor explícito y el implícito. No sé si predominando el no querido pero inevitable mensaje del compromiso o la grandeza natural del cruel y tierno, cenagoso y radiante poema de amor, de consumación y de muerte que el libro es.

30 marzo 2015

La gente prefiere que se la coman los gusanos antes que incinerarse

Japón: 95%. Gran Bretaña: 68%. Suecia: 58%. Nueva Zelanda: 54%. Madrid: sólo siete de cada 100 muertos son incinerados. «Todavía hay mucha prevención contra el tema, pero poco a poco se van convenciendo de que es el método más sencillo y el más higiénico». Pilar Zaragoza, vicesecretaria de la Asociación Crematoria Madrileña, ve con buenos ojos el futuro de la cremación. 

Luisa Juanola, presidenta de esta singular asociación de 199 afiliados y diez años de vida, recuerda que a principios de los setenta hubo que quemar en una pira de leña a un diplomático hindú porque no había crematorio en Madrid. El primero de los tres hornos que funcionan en La Almudena se abrió en 1973 «por Si surgía la demanda de algún extranjero». En 1981 se incineraron en Madrid 153 cadáveres. Tres años más tarde eran ya 583. El año pasado estuvo a punto de llegarse a los 2.000. Los tiempos están cambiado, y el miedo al fuego ha ido remitiendo. 

Según una reciente encuesta realizada por la Empresa de Servicios Funerarios, el 42% de los madrileños prefieren la cremación antes que la sepultura perpetua (24%), el panteón familiar (17%) o el nicho (7%). El 34% piensa que la cremación es la fórmula más económica y el 71% que es la más higiénica. De momento, la cremación está subvencionada y cuesta poco más de 4.000 pesetas, aparte de la caja y del traslado del féretro. Razones a favor y en contra hay para todos los gustos: «Enterrar es dejárselo a los gusanos, y eso para mí es mucho más desagradable». 

«¿A usted le gustaría que a su hermano, una vez muerto, le abrieran en canal. Pues lo mismo». «Una vez que muere una persona se lleva en la mente el recuerdo; lo demás son cosas superfluas». «Para mí sería espantoso quemar a mi propia madre, aunque esté muerta». «Es un espectáculo bonito, si vale la palabra. Es algo muy aséptico... Dejan el féretro en un escenario con cortinillas y una luz. Hay una señorita muy maja que dice que si alguien quiere decir algunas palabras y se oye una música muy dulce». «A mí, una vez muerta, que me quemen o que me tiren al cubo de la basura. Pero, ¡Por Dios! A mis hijos que no les toquen». «Tú no estás quemando a tu persona querida; a tu persona querida te la quedas tú». 

En la asociación crematoria de la capital madrileña lo tienen muy claro, y desde su modesta sede de la Funeraria están empeñados en extender sus tentáculos por toda España. Su doctrina queda bien patente en boca de Luisa Juanola: «Rindamos culto a nuestros difuntos, pero hagámoslo en nuestros corazones y dejemos la tierra para los vivos. Que en lugar de cementerios tristes y deprimentes haya parques donde los niños corran».

09 diciembre 2014

Cupón descuento CARREFOUR online

La libertad de descuento en los precios de los libros de texto, aprobada por el Gobierno en junio pasado dentro del paquete de medidas liberalizadoras, ya se ha empezado a notar. Carrefour que ahora anda ofreciendo cupones de descuento online Carrefour para su clientela internauta y Alcampo venden desde hace unos días los textos de enseñanza primaria y secundaria para el curso que viene con unos descuentos del 25%.

El Corte Inglés realiza una rebaja del 15% sobre su precio. Teniendo en cuenta que cada padre de familia se gasta unos 300€ por hijo, el ahorro puede ser considerable: unos 850€, una suma no desdeñable para las economías más modestas.

La liberalización de los descuentos ha suscitado la oposición de las pequeñas librerías, utilizadas como punta de lanza por las dos grandes editoriales que dominan el sector. Es lógico que cada uno defienda sus intereses, pero el Gobierno tiene que tener en cuenta los de la mayoría. Y, en este caso, la mayoría son los tres millones de familias que tienen niños en edad escolar. 

Sus derechos ya fueron avalados por el Tribunal de Defensa de la Competencia, que, en un informe de hace tres años, pedía al Gobierno que se eliminaran los topes máximos de los descuentos, que hasta junio eran del 12%. Las asociaciones de padres de familia también se habían manifestado a favor de la libertad de descuentos, rechazando el sistema de precio fijo que existía hasta 2015. 

Los hechos están dando a la razón a quienes defendían -entre ellos- la necesidad de liberalizar los precios como vía para abaratar el material escolar, que en muchos países europeos es gratuito en la enseñanza pública, algo de lo que somos fervientes partidarios.

07 diciembre 2014

Jacqueline una francesa de la vida

Flor de reporteros, diosa de un día, milagro de couché, risa hebdomadaria, francesa de la vida, regazo esbelto con una cabeza romana caída desde la sangre, viuda en Dallas, gentil mascarón de proa en los mares del petróleo. Jacqueline Kennedy Onassis.

Populó la revuelta rosa del periodismo de entonces, puso argumento a nuestro reporterismo literario, fue la novia comunicacional de todos los fotógrafos que en ella agotaban el flash de su corazón. Y ha muerto.

Aquella cosa que tenía hablando del presidente: «De muy joven leía Ivanhoe (ella decía Aivanjó) y se sigue sintiendo Ivanhoe, por eso es grande y le amo». Sencillamente, era francesa. Le puso al almidón bostoniano una frivolité de minifalda y bikini que sólo podía esperarse de una periodista de París. A América fue sólo a ligar con Kennedy, pero se quedó.

Y las minis que se ponía.

Mientras Ivanhoe Kennedy perdía el tiempo con aquel perrito caliente que era Marilyn Monroe, la francesa se lo hacía, en la tourné de Ulises, con los otros calzoncillos universales del siglo, o sea Aristóteles Onassis, del mismo lienzo moreno que los de Picasso.

- ¿Y usted, Jacqueline, por qué sale tanto con don Aristóteles Onassis?

- Porque no he llegado a tiempo de conocer al otro Aristóteles, al antiguo.

No se puede tener en casa la bascalada lírica de Normandía y perder el tiempo, ya digo, con un perrito caliente de Hollywood. Hasta que el perrito caliente se quedó frío. Y es que los perritos no deben servirse con nembutal.

Decían las marquesas de Embassy, cuando Kennedy sucedió a Eisenhower:

- Qué quieres, chica, no me va ese niñato despeinado. Ike era tan señor...

Jacqueline fue presidenta natural de la vida desde mucho antes que él llegara a presidente. No diría uno que le ayudó en la vida, en la carrera, en la presidencia. Diríamos más bien que ella era el carisma que le precedía. Un carisma de pecho breve y piernas con dibujo curvo de violín, unas piernas estradivarius, esas piernas que tienen las parisinas, y las cruzaba al andar con una gracia difícil que redimía sus pies cómicos y anchos, sus zapatos un poco grandes, desbocados. Tenía cara de pez chato.

- Ya sólo soy el que acompaña a Jacqueline Kennedy -confesaba Kennedy-.

Cara de pez chato, ojos separados, hociquito insolente, mirándonos tras el cristal, en el acuario de la gloria y la actualidad. Invanhoe caería entre perritos y gángsters, que era lo suyo, cuando Jacqueline dividía, multiplicaba ya las aguas de Homero como sirena intelectual, Circe en cinco idiomas, dama del petróleo, novia de un rey desnudo y viejo que soñó en ella el último sueño griego.

Me lo dijo un periodista amigo:

- Sólo podía pasar del hombre más poderoso del mundo al hombre más rico del mundo.

Tampoco pegó malos braguetazos en esta vida, la ninfa. Y escribía Pemán, llevado del tirón dinástico de las democracias: «Ya sólo la podrá besar otro Kennedy». Pero la besó Aristóteles y la besó Onassis. Un escándalo. La otra canéfora de la década crucial de nuestra vida era Brigitte Bardot, pero BB era la maravillosa oficial, mientras que Jacqueline iba por libre y se retrataba con unos shorts desastrosos y puede que meados. Nunca hemos escrito tanto y tan a gusto de una tía. A lo mejor es que éramos jóvenes.

05 diciembre 2014

Tráfico de influencias del partido en el poder

La vida lee los periódicos, y de ahí nace, mayormente, la actualidad, que a su vez genera vida, y periódicos... y literatura. Pepe Carvalho, el detective de papel más pegado a las contingencias de la actualidad, no podía, en consecuencia, rechazar un caso como el que se le presenta en El hemano pequeño: descubrir las tramas más sórdidas del tráfico de influencias entre políticos del partido en el poder y tiburones de la cosa inmobiliaria.

En El hermano pequeño, cuyo título ya evoca el mundillo de la corrupción política y dineraria, Carvalho tiene que descubrir al asesino de un presunto e improbable suicida, Leocadio Minguez, un alto cargo del PSOE emborrachado fatalmente con el turbio vino de las prevaricaciones y el comisionismo.

El detective Carvalho, que va de escéptico y de duro porque así lo requiere el imaginario mítico del ramo, exhibe en este caso, en este relato, su faz más sentimental y nostálgica, pues lo que más le lacera del «suicidio» de Leocadio es, en realidad, lo que contiene de traición a los viejos ideales, bruñidos cuando el finado, y el propio Carvalho, vivían su particular libertad de ensoñación y utopía en las cárceles de Franco.

Después de dieciocho novelas con Pepe Carvalho de protagonista (desde Yo maté a Kennedy a Sabotaje olímpico), Vázquez Montalbán domina a la perfección la técnica de hacer rodar a su héroe por las páginas de los libros, y todos los ingredientes que contribuyen a crear la particular atmósfera en la que se mueve (restaurantes, barrios, putas, policías...) se van situando casi solos, de manera ordenada y automática, en las riberas del relato.

Junto a El hermano pequeño, y con extensión menor, Vázquez Montalbán ha colocado otras historias que, pese al escaso desarrollo de sus argumentos, también aportan lo suyo al cosmos carvalhiano: La soledad acompañada del pavo asado, El exhibicionista, Tal como éramos, Por una mala mujer, dos pequeños homenajes a Agatha Christie, y la que a mi parecer es la más interesante y redonda, El coleccionista, un ensayo más que un relato sobre Marilyn Monroe, aquella víctima, o diosa, del furor sentimental de la carne. Aquí, en El coleccionista, es un apócrifo Pepe Carvalho, un perturbado que usurpa su personalidad, el apólogo de aquella mujer que sirvió de festín a tantos caníbales, y, más que las especulaciones sobre su muerte, llaman la atención las tiernas y lúcidas especulaciones sobre su vida.

O sea que estamos ante un Carvalho cada vez más cascado, más humano, más innecesariamente «gourmet» (a los frugales nos empachan las numerosas descripciones de menús presuntamente deliciosos), más solitario, que protagoniza, en fin, esta nueva y múltiple entrega de sus aventuras.