23 julio 2015

Créditos rápidos sin papeles

Los microcréditos son pequeños créditos a corto plazo que ayudan prácticamente en el momento a particulares y familias en general. La economía española se está actualmente en un proceso de recuperación para intentar salir de la crisis financiera en la que está sumergido el país. Hecho que ha dado lugar a que en los últimos años hayan surgido gran variedad de prestamos a corto plazo para ayudar a los españoles a solventar sus problemas inmediatos de liquidez.

Uno de los productos financieros que más se han usado desde la crisis económica son los microcréditos; que no son otra cosa que préstamos a corto plazo de hasta 800€ que ayudan a familias, autónomos y particulares a solucionar un determinado gasto o apuros económicos. En este tipo de préstamos destaca por su gran variedad de clientes admitidos, ya que los requerimientos son muy pocos.




Uno de los perfiles que más demanda estos especiales créditos, son los inscritos en el registro de Asnef, ya que hay algunas como los microcréditos de Cashper que admiten a personas registradas en este fichero, no importa la cantidad. Otras empresas financieras que admiten a clientes que están en este registro de morosidad son Twinero y sus préstamos rápidos pero limitados a deudas inferiores a 1.000€.

El uso de los préstamos rápidos online ha aumentando debido a que resulta más fácil conseguir liquidez a través de la red y disponer el mismo día del dinero. Este tipo de dinero prestado express se ha convertido en un buen recurso para los españoles que necesitan cash de una forma rápida, fiable y con plena confianza.

El funcionamiento de los microcréditos es muy fácil. El cliente no tiene más que solicitar un crédito con la fecha de devolución que crea oportuna, siempre teniendo en cuenta que la cantidad de los préstamos suelen tener un máximo de 800€ y que el periodo para devolver el préstamo es entre 15 y 30 días. Una vez que se han decidido estos parámetros el cliente da sus datos personales y en sólo unas horas, si la solicitud ha sido aceptada, dispondrá de liquidez en su cuenta bancaria.

22 julio 2015

Claudia Schiffer la mujer perfecta

La famosa Claudia Schiffer, musa de postrimerías y virgen, con sus vacaciones y desnudos en Mallorca, nos ha dado una serena lección a estos latinos levantiscos y saltatumbas que somos: ella no es apoteósica, supergrandiosa, orgiástica de cuerpo, sino mucho más que eso: sencillamente, correcta.

Como la Bien Plantada de Xenius, como Teresa, Claudia Schiffer es el ideal, el modelo y la norma, no por más plus que las demás, sino ponla corrección de sus medidas. Y la corrección no es sino la dimensión doméstica de la perfección. Claudia Schiffer es perfecta. (Ovidio lo ha visto bien en ABC). 

Pero esto no es sólo lección para los desatentados que saltan el muro de la virgen, en Mallorca, por pisar su jardín intacto. También lo ve uno, por deformación profesional, como ejemplo de príncipes no demasiado maquiavélicos. Así Felipe González. González ha querido ser la Claudia Schiffer de la política y el agio europeos. Ante el gentío nacional aparece como el macrohombre que va a proyectarnos a todos hacia el futuro atómico y el liderazgo español de Europa. No le pedimos tanto, señor González, no le pedimos que sea Jane Mansfield o la excesiva Marilyn(que los excesos pasan pronto), sino que dé, sencillamente, las medidas correctas, como Claudia Schiffer, lo cual, ya digo, es aproximarse mucho a la perfección. Si por algo ha pecado González es por exceso. 

Lo quiere todo para España (y para él y su estrellato), pero nos bastaría con que quisiese una gasolina más barata. En la campaña y la precampaña de junio difundió el eslogan de que la derecha, si ganaba, iba a quitarles dinero a los viejos, los jubilatas y los parados. Es lo que está haciendo su Gobierno en estos momentos. Así como hay paparazzis y sensacionalistas que exageran las medidas de Claudia Schiffer, para que sea «más noticia», hay periódicos, radios, televisiones, intelectuales, gacetilleros ilustres, columnistas egregios, que exageran las medidas torácicas de Felipe González, creando la leyenda fácil del Supergonzález, con lo que perjudican mucho al jefe, como todo el que escribe movido por un complejo sadicoanal. 

Han creado un Felipe meriliano, una Sofía Loren tardía (al principio le llamaron «Nadiusko»), pero los españoles no queríamos ni necesitábamos tanto, sino solamente un político correcto, que es lo que más se aproxima a un político perfecto. Como FG no es correcto en ningún sentido, ni siquiera en el moral, esto se suple con un exceso de atributos que luego, cuando baja las pensiones y sube la gasolina, se desprenden como los de una falla valenciana. No es que FG sea «el hombre sin atributos» de Musil, sino que aspira a tenerlos todos con exceso. Pero eso es un contradiós, y cuando el invento falla, como ahora, se ve a trasflor que ni siquiera Felipe da la talla de González. Hoy por hoy, el presidente no está a la altura de sí mismo. Yo le invito, con amor y respeto, a que siga la lección de Claudia Schiffer: no hay que ser sobrenatural; basta con ser perfecto. Lo mismo en la Moncloa que en los desnudos de Mallorca. Hemos creado entre todos un Supergonzález que ni siquiera vuela, como Supermán. 

Y de ahí los ostiazos que se pega, cuando intenta volar. Pero en este verano de manigua recalentada, en este ferragosto de postrimerías, en que vuelvo donde solía, he aquí que ha amanecido una mujer (la mujer: modelo y medida de todas las cosas), Claudia Schiffer, desnudándose, no para un strip/tease, sino para un curso de geometría, a saber: conquistar el mundo no supone ser extraordinaria, sino, sencillamente, ser perfecta. Ni más ni menos. He aquí la Bien Plantada de 1993, verano. Mejor que de su señora, que dice «jóvenas», aprenda el presidente la lección de Claudia Schiffer. No hay que ser archieuropeo, como proclamaba de sí mismo el provinciano Baroja. Basta con dar correctamente las medidas nacionales. FG no las da. Y Claudia Schiffer, la perfecta, habrá sido en vano.

21 julio 2015

John Wayne fue un mal padre

Ser hijo de Hollywood es como ser hijo del infierno. No hay más que ver las enormes pilas de best-sellers que relatan las desgracias de los hijos de las estrellas, y no del cielo, precisamente. A nadie le haría feliz tener un padre como, por ejemplo, John Wayne. John sería un excelente compañero para jugar al póker, para beber tequila y, sobre todo, para que a uno le defienda en las peleas. 

Ahora bien, como padre, para quien lo quiera. La pobre Aissa tampoco lo quería, pero nadie la dejó elegir. Y lo llevó mal, muy mal. Ahora, 12 años después de la muerte de su padre, ha decidido quitarse esa gran espina de 1,90, esa mala conciencia que entra al preguntarse si en realidad «daddy» no era tan malo como ella pensaba. Y lo ha tenido que poner por escrito. Ya se sabe. Que si papá estaba obsesionado con que la iban a secuestrar y la tenía todo el día encerrada. Que si le regalaba un Porsche cuando sólo tenía 16 años. Que si le regala un elefante cuando ella tenía pánico a los elefantes. 

Que si no la dejaba andar descalza. Que si le molestaba que ella fumara hierba cuando él fumaba cuatro paquetes de Camel al día. iQué vulgaridad! Si no fuera por el elefante, quedaría como un padre más al que el abismo generacional -en este caso de casi cincuenta años- le impide comunicarse con sus hijos. El verdadero interés de John Wayne, mi padre está en conocer lo que el gran Duque -apodo tomado del perro de la familia, Little Duke- pensaba sobre el cine, sus viscerales odios y amores hacia sus compañeros, cómo un simple actor puede convertirse en la encarnación del patriotismo, o cómo el gran héroe lucha a muerte con el cáncer.

Uno de los datos más reveladores recogidos por Aissa sobre la particular forma de pensar de su padre era su opinión sobre uno de los western más míticos, Solo ante el peligro. No le gustaba nada; consideraba que era irracional el planteamiento de la película, porque en cualquier ciudad norteamericana nunca se dejaría a un hombre luchar solo contra las fuerzas del mal. Uno de los mayores traumas de Wayne fue el no haber podido vestir el uniforme en ninguna de las guerras en las que se vio envuelto su país. 

Su hija está convencida de que para resarcise de su ausencia en los frentes, hizo del cine su trinchera. Se lo tomó tan a pecho que él mismo dirigió dos películas que podrían considerarse armamento pesado del patriotismo. Su ausencia de la última guerra mundial la compensó con El Alamo (1960), en la que explicaba a sus compatriotas cómo había que comportarse cuando el país se encontraba amenazado. Y su aportación a la guerra de Vietnam fue Boinas verdes (1968), el mayor alegato cinematográfico de la guerra más repudiada en las pantallas. Aissa aporta también sabrosos testimonios con las opiniones de Wayne sobre algunos políticos. Entre sus bestias negras, destaca Edward Kennedy. 

«Es tan falso que me pone enfermo», gritó en una ocasión a la vez que arrojaba un pesado pisapapeles que reducía a añicos la pantalla del televisor. Jimmy Carter tampoco era santo de su devoción. «Este país ha perdido sus cojones y su espíritu; no puedo soportarlo». Su disgusto era tan grande que comenzó a estudiar español decidido a autoexiliarse en México. Wayne también mostró lo peor de su carácter a sus compañeros. Era tan arrogante que reescribía los guiones a su conveniencia. De los directores solía decir que son «incapaces de cruzar la calle sin ayuda». Frecuentemente actuaba a su modo, es decir siendo él mismo: «Yo no actúo, yo reacciono», solía decir. Con algunos actores fue implacable. 

A Gene Hackmann le calificaba como «el peor actor del mundo». Aún era más cruel con Clark Gable, a quien tenía por «un idiota que es actor, porque no tiene inteligencia suficiente para hacer otra cosa». Peor suerte tuvo Richard Widmark, quien acabó estampado contra una pared, tras cuestionar las órdenes del director Wayne durante el rodaje de El Alamo. También le enfurecía Rita Hayworth. No soportaba sus retrasos, que nunca se supiera su papel, que estuviera sucia y, lo peor de todo, que no parara de coquetear con el primer camarero que se le pusiera a tiro.

Como era de esperar, tampoco le hacían mucha gracia los homosexuales. Aissa recuerda en su libro cómo su padre le habló de Rock Hudson: «Mira esa cara. Qué desperdicio de cara para un afeminado. No te imaginas lo que yo podría haber hecho con esa cara». Hasta tal punto odiaba las medias tintas que cambió su nombre -Marion Michael- por el más viril de John Wayne. Pero también tuvo amigos. Bien es cierto que a la mayoría le unía más que nada su afición a la bebida. Entre ellos, Henry Fonda, quien tras largas competiciones tuvo que rendirse a la evidencia y conceder que no había ningún hombre capaz de tumbar a Wayne bebiendo. O Dean Martin, con quien acabó desfilando al son de marchas militares canturreadas con voz poco marcial. Su hija no es muy comprensiva con las tremendas borracheras de su padre a base de tequila Conmemorativo con hielo. 

«Se ponía sentimental, tonto, más meloso que de costumbre, nunca insoportable del todo, pero, a veces, algo desagradable». Pero el verdadero amigo fue el «capitán» Ford, también conocido por sus fieles como «daddy» o «entrenador». Aissa asegura que era el único hombre al que su padre temía, «un experto manipulador de actores, cuyas maquinaciones se dejaban ver también fuera de la pantalla». Juntos bebieron whisky irlandés, jugaron al póker, emplearon largas madrugadas charlando sobre lo divino y lo humano, e hicieron obras maestras durante 30 años. Se querían tanto, que Ford llegó a decir que el actor de andares de escocido se movía «con la gracia de un bailarín». Entre los actores de la nueva generación admiraba a Dustin Hoffman: «Es grande es brillante». Y eso que se refería a su interpretación en Cowboy de medianoche, el tipo de película que menos le gustaba. 

No soportaba ni siquiera las alusiones al sexo o a la violencia. «¿Por qué no podemos hacer una película decente?», se preguntaba impotente ante tanta osadía, para a continuación añadir una frase fuerte, de las que a él le gustaban, tipo: «¿Cómo puede hacer ese hijo de puta esta clase de mierda?» Aissa resulta comprensiva en este punto y disculpa los ataques de furia de su padre. «Al menos, no se comportaba como un dictador de Hollywood, simplemente abandonaba la habitación sin haber apagado el proyector y permitía a los demás continuar viendo la película». Aunque todo tiene su excepción y Aissa reconoce que cuando abandonó la proyección de El último tango se aseguró de que no se dejaba atrás a su hija.

Aissa resulta bastante discreta sobre los escarceos amorosos de su padre. Sólo relata uno del que ella misma fue testigo. Durante una fiesta, una chica espectacular no dejaba de colgarse del cuello de Wayne. Le pareció normal hasta que súbitamente un tirante del oprimido vestido de la chica se dejó caer descubriendo uno de sus pechos. Se lo comunicó a su madre, quien no le dio demasiada importancia, no se sabe si por la costumbre o por la confianza, y se limitó a decir: «Es Marilyn Monroe, pequeña. 

Siempre ha estado muy prendada de tu padre». Otra sex-symbol que pretendió a Wayne fue Marlene Dietrich. Aissa prefirió no mencionarlo en el libro, aunque luego lo ha relatado en entrevistas. Al parecer, la Dietrich se plantó en el camerino del Duque y, sin mediar palabra, levantó lentamente su falda hasta lo alto de sus dos piernas infinitas. En una de sus ligas había algo escrito: «Ven a leerlo aquí». Aissa no cuenta cómo terminó la historia, pero a juzgar por su precisión el bueno de John debió de leerla. La parte más estremecedora de John Wayne, mi padre es el relato de su lucha contra el cáncer. El episodio más revelador de la caída del héroe tiene lugar durante la ceremonia de los Oscar del año 79, meses antes de su muerte. Se había pasado horas ensayando para que ni su voz ni su cabeza le fallaran, repitiendo ante el espejo: «Beatty, Beatty, Beatty», porque él sabía que a su compañero no le gustaba que siempre le llamaran Beety. 

Finalmente, con el sello de la muerte en su rostro, anunció las nominaciones a la mejor película del año: «El cielo puede esperar, de Warner Beatty, El cazador, de Michael Camino...» Hollywood le aplaudió por última vez para demostrarle que no le importaban aquellos lapsus. Y él acertó a responder: «Esta es ya casi la única medicina que necesito». Fue el fin. Dejó 200 películas para recordar que los hombres nobles, valientes y tranquilos -cuando tienen que serlo- nunca traicionan a un amigo, aunque sean malos padres.

20 julio 2015

Donna Rice la modelo que se acostaba con todos

El Miami Herald, una Polaroid y una espectacular modelo rubia destrozaron hace cuatro años las aspiraciones presidenciales del más carismático candidato demócrata de los últimos tiempos, el hoy completamente desacreditado Gary Hart. El más importante diario de la capital de Florida fue para Hart lo que el Washington Post para Richard Nixon. Un buen día de mayo de 1987 publicó que el candidato demócrata había pasado la noche en Washington con la modelo Donna Rice mientras su esposa, Lee, se encontraba en la casa familiar de Denver. 

En un primer momento, Hart aseguró que todo era un montaje para hundirle y realizó pomposas declaraciones tratando de restar importancia al asunto: «¿He cometido un error poniéndome en circunstancias que podían ser malinterpretadas? ¿He hecho algo amoral? En absoluto». En el colmo de la hipocresía se permitió desafiar a la prensa para que le siguiera con el fin de demostrar que su vida sexual era «muy aburrida». Desgraciadamente para él, no era tan aburrida. Si Donna Rice, que compaginaba su trabajo como modelo con esporádicas apariciones en series de televisión como «Corrupción en Miami» no se podía comparar con Marilyn Monroe, Hart no tenía demasiado que envidiar al legendario John Kennedy

Al menos en lo que a mujeres se refiere. La aparición de unas comprometedoras fotos de un crucero a Bimini en las que aparecían Hart y Rice sumamente acaramelados, y las declaraciones sin desperdicio de la modelo -«Cuando Gary toma unas cervezas se convierte en un tipo salvaje y loco»- acabaron fulminantemente con su carrera hacia la Casa Blanca. Calificado de mentiroso por casi toda la sociedad americana, Hart reconoció haber actuado de forma «inconsecuente y sin sentido común». Ya nunca sería presidente. ¿Ocurrirá lo mismo con Bill Clinton?

19 julio 2015

Merle Oberon sublime en Cumbres Borrascosas

Tras los besos de ficción, elemento imprescindible en el cine, se esconden historias reales que en ocasiones llegan a ser cómicas e incluso dramáticas. A continuación se recogen algunos ejemplos: «Pero bueno, zorrilla aficionada, ¿qué es un escupitajo entre actores? ¿Cómo te atreves a hablarme así?», le dijo Laurence Olivier a Merle Oberon, quien se quejaba de que los besos que le dio en Cumbres borrascosas eran un tanto húmedos. 

«Yo hacía el amor con los pies. Era la mejor forma de 'escaquearme' de escenas de amor sensibleras», declaró en cierta ocasión Fred Astaire, que no besó a Ginger Rogers hasta su octava película juntos. «Bueno, vale. Pero tendrán ustedes que hablar con mi representante». 

Ginger Rogers, al acceder a ser besada en la citada película. «Le puedo asegurar que Christopher Reeve no es homosexual porque cuando nos besamos en Deathtramp no cerró los ojos», según reveló Michael Caine. «Fue como besar a Hitler», dijo Toni Curtis refiriéndose a su escena con la actriz Marilyn Monroe en Con faldas y a lo loco. «Cerraba los ojos y cuando los volvía a abrir me encontraba frente a una nueva protagonista», declaró Robert Mitchum, refiriéndose a la producción en serie de besos para el cine. «¿Besándola yo? iLe estaba susurrando en la boca!», se defendió Groucho Marx, cuando su esposa lo sorprendió besando a una corista. 

«Estaba en el camerino del estudio al final de la jornada. Bogie entró a darme las buenas noches mientras yo me peinaba. Estaba de pie detrás de mí. Bromeábamos como de costumbre y, de pronto, se inclinó hacia mí, me puso la mano bajo la barbilla y me besó», cuenta Bacall, refiriéndose al primer beso de Bogart en Tener y no tener.

18 julio 2015

La apocalipsis rusa

La apocalíptica crisis histórica que atraviesa esta compleja y convulsionada nación anula o modifica lo que te han contado y la objetividad de las estadísticas. Conviene que la propia mirada, la capacidad sensitiva y el estado emocional estén dispuestos a penetrar en un territorio virgen, en una cultura que está sufriendo la perplejidad ante las viejas señas de identidad y el derrumbe inevitable y progresivo de lo establecido, la libertad de expresión al alcance de estómagos cada vez más desnutridos, la desacralización de mitos intocables que formaban la columna vertebral del sistema, la frustración colectiva ante la dolorosa factura económica y social que exige la perestroika, el trapicheo como modelo generalizado de supervivencia. 

Cualquier espíritu ligeramente receptivo o moderadamente sensible recibirá una descarga de alto voltaje emocional ante el espeso y premonitorio olor a pobreza del aeropuerto, sus lavabos hediondos y la desesperación resignada o activa de sus habitantes oficiales o forzados. Todos ellos piden, suplican, canjean o venden algo al turista estupefacto o dominguero, a los que llegan de ese mundo exterior que los nativos identifican con el paraíso o con el sueño realizable. Los aduaneros están dispuestos a postergar su vigilante celo sobre los turistas a cambio de un paquete de Marlboro. Los disidentes que viven desde hace meses en ese aeropuerto esperando el dudoso milagro que les permita la huida de su desnutrido y desolado país, te observan con envidia y autocompasión. 

Los taxistas ejercen con zalamera mezquindad de taxistas de aeropuerto. La turbadora sensación de que el orden de las cosas vive una imparable desintegración y de que el malestar colectivo amenaza con una explosión de efectos incalculables se apodera del alucinado viajero, de esta pulcra delegación española, compuesta por periodistas y gente de cine, que va a asistir a la exótica inauguración moscovita de una sala dedicada a la exhibición de las películas más prestigiosas o carismáticas del cine español.

La arquitectura de ese Moscú legendario al que Stalin intentó transformar en algo uniforme está concebida para albergar a las masas. Edificios monumentales y despersonalizados, avenidas de anchura y longitud interminables, y espacios calculadamente planificados para aglutinar a la colmena, conviven con iglesias y plazas tan arcaicas como hermosas. Coches destartalados, tranvías que despiertan la añoranza, el vestuario de la gente y el ritmo vital que desprenden las calles nos devuelve a los adultos imágenes de nuestro pasado remoto, del subdesarrollo tosco en la España de hace varias décadas. 

Los soviéticos hacen colas monstruosas ante un establecimiento de Mc Donnald's que representa para ellos el maná y la constatación de que la vida está en otra parte. Los guías más racionales nos aseguran que la paciencia general se está agotando ante una perestroika que lleva cinco años destruyendo los anacrónicos cimientos del pasado, pero que no ofrece esperanzas sobre la fecha para empezar a construir. 

El dólar exhibe su arrogante reinado con impudicia satisfecha. Las putas y los chaperos que inundan los hoteles y reparten sus beneficios con la corrupción legalizada de los guardianes del orden, desdeñarían el inútil dinero que le ofrecen los visitantes si a cambio les facilitaran la posibilidad de abandonar la URSS. Camareros aviesos, niños con dolorosas huellas de absoluto desamparo y de sufrir la explotación de la miseria adulta, transeúntes de gesto educado y tipos pintorescos están dispuestos a venderte su alma por unos dólares o por un objeto ínfimo de nuestra prosperidad consumista. 

Manifestantes famélicos, que habitan improvisadas chabolas, esperan con inútiles y reivindicativas pancartas que el Poder les conceda sus peticiones, mientras que soldados hieráticos repiten con milimétrica eficacia y magia renovada el ritual del cambio de guardia ante la tumba de Lenin. Los rostros de la gente que integra nuestro cultural y lujoso grupo denotan su sorpresa y su incansable estupefacción ante un ambiente que nos desborda. 

La posibilidad de devorar caviar a cucharadas, la reconfortante seguridad de que nuestra estancia entre esa incuestionable miseria es provisional, la belleza de una cúpula o del majestuoso y barroco interior del Metro moscovita, la solemnidad histórica y ancestral de ese teatro Bolschoi que creó el gran Vassiliev, el costumbrismo vivo y desgarrado de la calle Arbat, en la que conviven con extraña naturalidad las culturas y las etnias más dispares, el contacto lúdico, permanente y entrañable con el vodka en su ambiente natural, el reencuentro con la evocadora nieve y la cordialidad interesada o genética de los nativos hacia sus opulentos y curiosos visitantes, alivian la tensión y la pena ante el deprimente, contagioso y trágico estado de las cosas. 

Enrique González Macho, uno de los hombres más vitales, emprendedores y honestos de la industria del cine español, propietario de los cines Renoir y de la distribuidora Alta films, especializada en cine soviético, y promotor de esta quijotesca y arriesgada iniciativa de difundir el cine español en Rusia, ejerce de relajado maestro de ceremonias en el encuentro entre los profesionales de ambas cinematografías. 

Nikita Mijalkov, director de la perdurable y emocionante Ojos negros destruye el odioso protocolo y el formalismo inútil de los discursos oficiales ofreciéndonos comida, bebida y sentido del humor y de la anarquía. Mijalkov hace una declaración de principios militantes al afirmar: «las minorías siempre tendrán razon frente a las mayorías, pero la perderán cuando tomen el Poder y se conviertan en mayorías».

El señor Enrique Balmaseda, director general de la cinematografía española, también nos cuenta algo, pero mi deteriorada memoria no recuerda su transcendendente exposición. Almodóvar se resigna a no ser conocido ni amado en este país y no prodiga sus habituales y exhuberantes monólogos autopromocionales. Una famosa actriz soviética lamenta la dependencia y el amor de sus hijos hacia el cine americano y su desprecio por la épica y el heroísmo de ese cine soviético que mamaron sus padres y sus abuelos. José Luis Gomez evidencia con numerosas intervenciones su fe en la comunicación universal entre los artistas de distintas culturas. El ortodoxo y humanista director Ellen Klimov lamenta la crisis generalizada del espíritu y la ausencia de grandes mensajes en el cine actual. Los más prestigiosos actores soviéticos se quejan de la miserable pasta que ganan y su deseo de acceder a los privilegios de sus colegas de Occidente. 

En días sucesivos, espectadores tan inexpresivos como virginales, enfundados en sus abrigos y en sus gorros, observarán el comportamiento y la problemática de personajes españoles a través de quince historias narradas en imágenes. Al no existir el doblaje ni los subtítulos, la traducción simultánea al ruso por medio de elementales altavoces se encarga de aclararles las alegrías y las penas de montoyas y tarahtos, enamorados que secuestran a la mujer de sus sueños, emigrantes negros y clandestinos, y demás fauna racial. La cegadora belleza de Leningrado tiene capacidad para emocionar al lector de Dostoievski y a los que siempre intuyeron la cristalización real de los sueños. Rembrandt y la maravillosa pintura impresionista del Hermitage conmueven a la mirada y al corazón aunque la iluminación sea nefasta y la conservación del arte no le quite el sueño a la burocracia soviética. 

Algo muy fuerte está ocurriendo en la inmensa, sufrida y contradictoria Rusia. Que la suerte bendiga su incierto futuro.

13 julio 2015

El Kennedy violador

El juicio que se viene celebrando actualmente en Estados Unidos contra el menor de los Kennedy, por violación de una amiga en Palm Beach, en la casa misma de la «familia real» americana, es la mejor serie sobre la «estatura moral» de USA, el monobloque monolítico que ahora se ha quedado como dueño del mundo. 

Esto de la «estatura moral» es un eslogan que se ha sacado Bush, allí no hay presidente sin eslogan, de paso que nos negaba alzada a los demás, o sea los europeos, que nos encuentra bajitos, en fin, para estatura moral la del pequeño Kennedy o la de su padre o tío Ted, o lo que sea, que efectivamente esta familia real son una dinastía, pero una dinastía de crímenes, suicidios, adulterios, puentes suicidas hechos con mucho maderamen de consonantes, atentados políticos, lo de la Bahía Cochinos, Mary Jo, gangsterismo a favor o en contra, Marilyn, Vietnam, Patricia B. y gatillazos. 

Incluso acumulan, como se ve, más noblezas y grandezas que las fastuosas y sangrientas monarquías shakesperianas de nuestro Viejo Mundo. 

Ya va siendo tiempo de que descabalguen a Lincoln, como los otros a Lenin, se proclamen Reino y cumplan la definición que certeramente les aplicara Pemán: «El tirón dinástico de las democracias». A William Kennedy Smith habría que coronarle ya, antes de sentenciarle por violador, como el principito que inaugura la monarquía violenta, culpable y ruidosa de los Kennedy. Ocurre ahora lo más revelador del juicio: que si Patricia B. salió virgen y mártir del trance, no fue tanto por caballerosidad del ciudadano Smith, que es mucha, como porque este ciudadano pegó gatillazo, según confesión de la víctima. 

Y este gatillazo histórico nos parece todo un signo (los estructuralistas veían signos en todas partes, hasta en las braguetas) de lo que es la historia contemporánea de Estados Unidos. A William ya le llaman «Wilt», del inglés «wilting» (cayendo), según cuenta Ana Romero en este papel, pues que la caída fálica (que su propio abogado argumenta como frecuente en el acusado) impidió quizá la consumación del crimen sexual. 

La grandeza del Imperio USA está hecha asimismo de grandes gatillazos: el que pegaron los yanquis en Vietnam, el que pegó el otro Kennedy contra Fidel Castro, el que acaban de pegar ante Hasan Hussein, que le iban a arrasar y ahí sigue, el que pegó la justicia americana contra los asesinos del presidente y de su hermano Bob o de Martin Lutero King, víctimas todos ellos de unos caprichosos del arma que por ahí siguen fumando. 

En su continuo acoso sexual a Europa pegan gatillazo todos los días y un lúcido político europeo acaba de decir que la federación de Estados Europeos sería un plagio de Estados Unidos. Cada crac de la economía mundial es un gatillazo de Wall Street. No sabe uno, ni le importa, si los varones de la casa Kennedy practican mucho el pudendo deporte del gatillazo, pero el presidente dejó morir a Marilyn Monroe mientras su señora, o sea Jacqueline Onassis, de soltera viuda de Kennedy, se le iba de crucero con el griego. Ted Kennedy pegó gatillazo en el puente de las consonantes (sólo Pedro J. sabe pronunciarlo) y Mary Jo duerme bajo las aguas. Los Estados Unidos, en fin, puestos a follarse la Historia, son peores que el violador del Ensanche. 

Un violador impotente es casi un objeto surrealista de Marcel Duchamp. Bueno, pues ese objeto, ese falo declinante debiera figurar en la bandera, entre tanta barra y estrella. Ay el día que esas barras empiecen a torcerse para abajo. Casi todas las grandes Casas europeas, los Trastamara, los Habsburgo, los Austrias, los Wattenberg, las sangrientas monarquías shakesperianas, se fundaron sobre una violación de princesa o pastora (era mucha costumbre), pero lo que no se puede, señores americanos, es fundar una gran dinastía, los Kennedy, sobre un gatillazo.