23 junio 2017

Henry Roth se acostó con su hermana

Henry Roth, todavía adolescente, mantuvo relaciones sexuales con su hermana Rose y con su prima Silvia. El engrudo de la vergüenza y la culpa por el pecado del incesto están entre las variadas causas de un silencio anómalo y excepcional: cerca de seis décadas de desaparición, sin volver a publicar un libro desde que, en 1934, diera a la imprenta, con 28 años, Llámalo sueño, que hoy es un clásico de la literatura norteamericana del siglo XX y que, en su día, fue un fracaso.

Hijo de inmigrantes provenientes de Galitzia -hoy en Ucrania-, Henry Roth vivió una infancia pobre y atroz en Brooklyn, en el Lower East Side y en Harlem. Su padre, repartidor de leche, era un hombre colérico que despreciaba a su hijo y lo empujaba, en busca de consuelo, hacia los brazos de su comprensiva madre, por la que Henry llegó a sentir pulsiones eróticas que también lo dañaron.

El traslado familiar a Harlem, entre violentos niños irlandeses e italianos que se mofaban de su condición judía, incrementó otro de los traumas de su vida, que dificultó gravemente la configuración de su voz y de su conciencia de escritor: la relación de amor-odio respecto a su identidad como judío y a su sentimiento de pertenencia a la comunidad judía.
Acabados sus estudios, Roth salió a escape de Harlem y del explosivo núcleo familiar, entregándose a un largo romance con una mujer 12 años mayor que él. Eda Lou Walton vivía en Greenwich Village, barrio de artistas, y era poeta, crítica de literatura y profesora de la Universidad de Nueva York. De manual: Henry encontró una amante y una madre.

Fue Eda quien le animó y le ayudó a escribir Llámalo sueño, quien le descubrió el Ulises de Joyce -determinante en esa novela- y quien lo sostuvo económicamente. Sin embargo, después de 11 años de convivencia, Roth pensó que la protección y el dirigismo de Eda Lou Walton le estaban manteniendo en un estado de inmadurez sin salida. También sufría con la declarada relación de Eda con otro hombre.

En 1938, Roth -instigado por Eda- pasó una temporada en Yaddo, en una residencia para creadores. La estancia fue improductiva, pero allí el escritor conoció a Muriel Parker, pianista y compositora, se enamoró de ella y abandonó a Eda. Todo esto -y bastante más- se cuenta en Un americano.

Pero volvamos atrás para ir hacia adelante. Llámalo sueño se publicó en 1934 -todavía en tiempos de Eda-, tuvo críticas buenas y malas. Apenas vendió 1.000 ejemplares. Entre las críticas malas, fueron unánimes las censuras de las publicaciones izquierdistas, que acusaban a Roth de entregarse a una temática y a un experimentalismo burgueses, descuidando sus obligaciones como buen escritor proletario.

Y es que Henry Roth se había adherido al Partido Comunista. Agobiado por los reproches de sus correligionarios, Roth intentó narrar en su segunda novela la vida de los obreros. Pero no consiguió superar las 80 páginas. Eso no era lo suyo. La escisión entre su militancia comunista y su instinto como escritor fue otra de las causas de su largo silencio.

Casado ya con Muriel Parker en 1939, Henry Roth enmudece como novelista y decide vivir como un hombre corriente, eso sí, acosado por depresiones constantes y por importantes trastornos de personalidad. Muriel sacrifica su carrera como pianista y se pone a dar clases. Mientras nacen dos hijos, Jeremy y Hugh, Roth, entre Boston y Maine, trabaja en oficios diversos para ganarse malamente la vida: será leñador, enfermero de un manicomio y profesor particular, entre otras ocupaciones.

En 1961, morirá Eda Lou Walton -ajena a la vida oscura de Roth- sin llegar a conocer lo que se avecina. En 1964, un editor rescata Llámalo sueño, lo publica en bolsillo y un crítico del New York Times afirma que es una de las grandes novelas del siglo. El libro vende ahora un millón de ejemplares. La gloria, el dinero y los periodistas llaman a la puerta de la granja en la que el anónimo Henry Roth se dedica a criar y desplumar patos para la industria cárnica. ¿Volverá ahora a escribir?

No puede. La sobrevenida celebridad le descoloca de su posición de tipo corriente que masca en privado sus angustias. Concibe la literatura como expresión de la experiencia personal. ¿Está preparado para contar sus incestos? No. Sigue en el Partido Comunista, ¿podrá ahora escribir la novela realista y proletaria que se le exige? Tampoco, no le interesa.

Se aleja todavía más de Nueva York, se va a Alburquerque (Nuevo México), ciudad natal, por cierto, de Eda Lou Walton, donde vive en un remolque. Y, poco a poco -muy poco a poco-, toma fuerzas y se pone en claro. Un viaje a Israel lo reconcilia parcialmente con el judaísmo: redescubre lo inexorable de su identidad y de su pertenencia. La Unión Soviética apoya a los árabes contra Israel en la Guerra de los Seis Días. Roth, indignado, rompe con el Partido Comunista.

¿Ahora? Todavía no. Escribe y publica un libro de ensayos. Pero la novela se le resiste. Tiene que pasar más tiempo todavía. Será en la década de los 80, con más de 70 años de edad, cuando Henry Roth, con las manos destrozadas por la artritis reumatoide, aborde la monumental tetratalogía A merced de una corriente salvaje (Alfaguara), donde transformado ahora en Ira Stigman -su alter ego- consigue contar, en miles de páginas, toda su infancia y juventud, lo que no contó en Llámalo sueño, incluidas sus escondidas experiencias incestuosas.

Pero Muriel muere, después de 51 años de matrimonio, en 1990, cuatro años antes de que se publique el primero de los cuatro volúmenes y de saber que su marido vuelve a ser saludado como uno de los grandes escritores del siglo. Destrozado, Henry Roth, aislado en una funeraria habilitada como vivienda, termina su febril tarea y también muere, en 1995, sin llegar a ver publicados el tercero y el cuarto.

Pero, con más de 80 años, Henry Roth había escrito dos novelas más. Una permanece inédita. La otra es Un americano, que ahora edita Alfaguara, que narra la ruptura con Eda y el amor por Muriel, con el magistral telón de fondo de la Depresión -sátira de un comunista incluida- y con un viaje de ida y vuelta entre Nueva York y Los Ángeles.

06 junio 2017

Con el calor la gente va enseñando las tetas

El aire acondicionado brama en las Cuatro Torres Business, ahí un poco más arriba de la Plaza de Castilla, desde donde escribo. Los coches llevan climatizadores y se compra, a plazos, aire frío para los coches y para las casas en la España anticiclónica y pelada. No se ve ni un botijo y eso que el botijo es madrileño; auque llegó con el toro ibérico de los Montes Universales se hizo el rey de los bochornosos atardeceres del Foro. «El botijo arranca -escribe Federico Bravo Morata- en los tiempos de Bécquer y acaba a la mitad del siglo XX vencido por los frigoríficos».

En estas horas, en el aldeón manchego no ladran los perros, en las casas las películas de la televisión traen el recuerdo de los cines de verano, pero ya no vuelve la triste memoria de los sainetes, las zarzuelas, el agua, los azucarillos y el aguardiente. El Ayuntamiento está entrampado y no hay cera para verbenas.

Vivimos un verano sin piedad, sin aguadores, sin cohetes de barrio, con horas de solano alto, hondo y fijo, y el bochorno que llega de los valles del Tajo y nos tumba. Los pájaros ebrios se duermen en la calima y ya no hay moscas: les dimos el paseíllo en el paredón de las tripas colgantes. Como se cuenta en la canción de Joaquín Sabina, el sol es una estufa de butano, donde el mar no se puede concebir y la gente por la calle va enseñando las tetas. Debajo de los adoquines no está el mar, sino las cloacas.

Nos amenaza todo, por el sur las moscas negras y los mosquitos tigre por el norte. El solitrón ha abrasado la radiante primavera de las lluvias y la crisis ha dejado a la gente sin vacaciones. En este clima salvaje arranca el estado de la Nación. No sé si es buena idea. El sol enloquece, provoca obnubilación de la conciencia. Recordemos El extranjero, un crimen absurdo sin móvil, sólo explicado por el estado delirante que provoca el calor.

En los días de solitrón se extiende el humor colérico. En la octava de San Camilo, cuando según Cela a los españoles los mataban como a conejos, el calor exacerbaba los odios. Esta semana se escenifica el gran concierto del hemiciclo con aire acondicionado y vasitos de agua en el estrado, pero un poco más arriba de San Jerónimo, pasados los petisús de Lhardy, donde comían Cánovas y Sagasta, y donde a veces se celebraron los consejos de ministros, estallará otro debate, más asambleario, con profesores trotskistas y niñas republicanas, a la usanza griega, no la de ahora sino la de antes, cuando el laos y los filósofos callejeros.

Con la calorina y la podredumbre surgen las nuevas especies políticas, y como me recuerda el filósofo del barrio: todos los partidos empezaron siendo un grupo de indignados.

18 mayo 2017

Rubem Fonseca nunca se acostó con prostitutas

Rubem Fonseca está en forma a sus 86 años recién cumplidos. El año pasado dio a la imprenta su, por ahora, última novela, El seminarista, que RBA acaba de editar en castellano. No sólo es singular que el viejo escritor se mantenga en activo, sino que conserve su estilo vitriólico e incisivo, la navaja afilada para los diálogos y esas fuertes y secas dosis de sexo y violencia que dejarían pasmado al mismísimo Quentin Tarantino. El seminarista, como otros relatos de Fonseca, tiene película dentro.

La trayectoria de Rubem Fonseca siempre fue singular. No es frecuente empezar a publicar a los 38 años y, menos, tras haber sido policía. Nacido en Juiz de Fora, una ciudad que hoy tiene medio millón de habitantes, en el estado de Minas Gerais, Fonseca estudió Derecho Penal, pero en 1952 se metió a policía y llegó a ser comisario en Río de Janeiro. Eran, en la convulsa historia del Brasil del siglo XX, los tiempos de la presidencia democrática del mítico Getúlio Vargas, que, con democracia y con dictadura, fue presidente en cuatro ocasiones. Populista y reformador, Vargas fue acosado por los militares y, tras dejar escrito un impresionante manifiesto, se pegó un tiro en 1954. 

El país se quedó temblando. Diez años después los militares dieron un golpe y volvieron al poder, implantando una dictadura que duraría dos décadas. Fonseca noveló las dramáticas y complejas circunstancias que precedieron al suicidio de Vargas en Agosto (1990), libro que, junto a otros del autor, RBA se propone recuperar próximamente.

Pero cuando llegó la dictadura militar -con la que tendría reiterados problemas de censura-, Fonseca ya había dejado la Policía. Se retiró del cuerpo en 1958. Como policía, parece ser que Fonseca pisó poco la calle, dedicándose a tareas de despacho y de relaciones públicas, lo que no fue obstáculo para que pudiera conocer de primera mano historias, personajes y ambientes que más tarde pondría en juego en sus libros. También fue profesor en la Escuela de Policía y, por sus méritos, fue elegido para ampliar estudios en Nueva York y Boston, en cuyas universidades se especializó en administración de empresas. Antes de dedicarse por completo a la literatura, Fonseca trabajó en Light, una importantísima compañía de energía eléctrica. Peculiar currículo para un futuro novelista, ¿no?

Rubem Fonseca debutó como escritor, en 1963, con Los prisioneros, un libro de cuentos. Desde entonces, está acreditado como un gran cuentista, y no pocos lectores españoles tienen excelentes recuerdos de El cobrador (1979). De cualquier manera, dentro de su fértil producción -cerca de una treintena de títulos-, Fonseca ha publicado más volúmenes de relatos cortos que novelas.

Su primera novela fue El caso Morel (1973), que compite para muchos con El gran arte (1983) por el entorchado de obra maestra. La literatura de Fonseca no desdeña la tradición de su país. Más cerca relativamente de su paisano Joao Guimaraes Rosa que de un Jorge Amado, en El seminarista reivindica a Lima Barreto -posterior a Machado de Assis- y segundo padre de la narrativa contemporánea brasileña. Los libros de Fonseca suelen estar llenos de alusiones y citas cultas. De gestos metaliterarios, a veces compatibles con el carácter crudo y directo de su narrativa. En El seminarista, el gélido asesino profesional que protagoniza el relato no para de citar en latín a Horacio, Cicerón, Virgilio y muchos más. Es muy cinéfilo -Kurosawa, Fellini, Kubrick- y gran lector de poesía -Keats, Pessoa, Dickinson-, poesía que lee a su enamorada en momentos de relajo y consuelo, que dicho sea de paso, buena falta les hacen entre crimen y crimen. Son citas que no molestan y que, a veces, divierten, pero -tengo que decirlo- un poco impostadas para un bestial artista del tiro en la cabeza.

Gran lector de Kafka y Babel, Fonseca ha asimilado también influencias de la novela norteamericana -de Bellow a Updike- y, por supuesto, de los grandes escritores norteamericanos -Hammett, Chandler- del género negro.

No hay lector de Fonseca que no piense que sus novelas urbanas, negras, criminales y detectivescas rebasan los límites del género policial para adentrarse en los oscuros males existenciales de la condición humana y en las perversiones -corrupción, soledad- de la sociedad capitalista. Los premios Camoes y Juan Rulfo que Fonseca ha recibido alertan de la estatura superior del escritor.

El gran arte consagró a un personaje, el abogado criminalista Mandrake. Walter Salles (Estación Central de Brasil, Diarios de motocicleta) debutó como director, en 1991, con una adaptación de El gran arte. Las peripecias de Mandrake han sido llevadas a la televisión en una serie de la HBO, también con guión del propio Fonseca, que ha escrito varios guiones de cine sobre relatos propios o ajenos. En estos menesteres ha colaborado en ocasiones con uno de sus tres hijos, José Henrique. Rubem Fonseca es viudo, y se ha empeñado en mantener su vida dentro de un persistente anonimato, con muy pocas apariciones públicas y con menos declaraciones a la prensa. Fonseca es de la opinión de que la imagen pública de un escritor distorsiona y dificulta la mirada del lector hacia su literatura.

El seminarista, como su título sugiere, es la historia de un tipo que iba para cura, pero, cosas que pasan, ha terminado siendo un reputado asesino profesional, conocido como El especialista. No pregunta nada personal sobre sus víctimas, no lee las noticias que hablan de sus crímenes. Se limita a ejecutarlos con precisión y sin saña. A sus objetivos, marcados por El empresario, los llama sus clientes. Se niega a matar mujeres, niños y animales. Su pistola favorita es la Glock, tan simétrica.

Cuando no trabaja, le gusta leer, ver películas, escuchar rock en su MP3 y la comida popular y barata. También le gusta, y mucho, acostarse con mujeres, nunca prostitutas. Mujeres, dice, flaquitas, con tetas pequeñas, inteligencia y bondad. Así es Kirsten, a la que conoce en un bar, de la que se enamora y con la que se complica -y mucho- su tranquila vida de criminal a sueldo. Y es que hay por ahí peces gordos que son, verdaderamente, malas personas. Lo dice un hombre de 86 años. Algo sabrá.

30 abril 2017

Sarah Burge y su hija de silicona

A las niñas de antes se les regalaban sueños de cartón. A las niñas de ahora se les regalan pesadillas de goma. Lo hemos visto en el Reino Unido. El día en que llegó el cumpleaños de la hija, la madre ya no sabía con qué complacerla, con lo que se puso a barruntar sobre la felicidad de la cría. Descartadas todas las joyas del mundo, el papel de envolver se hizo carne: el regalo final de la hija fue un implante de tetas. Se llama Poppy la agraciada. Es urgente añadir su edad: acaba de cumplir siete años.

«Poppy gritó con locura cuando vio el vale. Ella me había rogado operarse de los pechos para agrandarlos [sic]. Así que decidí darle este regalo para que pueda hacerlo cuando tenga la edad legal en Gran Bretaña, que es a los 16» (Sarah Burge, la madre). 

«Para mi cumpleaños quería un ordenador, un viaje y un vale para agrandarme los pechos [sic]. Cuando mi mamá me lo dio todo me puse muy feliz y mis amigas tuvieron celos» (Poppy, la hija).

A Sarah Burge la llaman la Barbie Humana, porque suma ya un centenar de operaciones estéticas y anda abriendo vereda con la prole: primero con Hannah, la hija mayor, a la que le pinchó dos veces botulina en cara y labios siendo menor. Ahora con Poppy...

El futuro es para los jóvenes, los ganadores y los guapos, y eso lo sabe la Burge y también mi primo el del pueblo. Vivir en estos tiempos es desfilar por una pasarela de mentira, donde la mayoría mueve el culo para ver si da el pego. Vivir hoy es inyectarse botox de consejero delegado para estirarnos las pintas de pobre y hacerle ver al jefe que queremos ser uno de los suyos. Vuelve una beautiful 2.0 con la cirugía del iPad: si te echas gomina en la red, te luce el pelo fuera. Así ocurre. Que nos implantamos silicona en la sesera, nos hacemos un lifting con la ideología y hasta nos ponemos tetas para que nos meta mano el éxito.

Haga la prueba. Quítese la máscara. Desenrósquese la sonrisa que se colgó esta mañana. Ya puede dejar de meter tripa. Confronte sus arrugas de dentro. Desenfunde las canas. Sea honesto con sus miedos. Mírese despacio. ¿De verdad cree que es usted más auténtico que Sarah Burge?

12 abril 2017

El declive de CSI

Renovarse o morir, y CSI no quiere agacharse a analizar su propio cadáver. La serie de los forenses ha decidido relevar a su protagonista de la edición de Las Vegas por segunda vez en menos de tres años. Ted Danson, conocido por servir cervezas en Cheers, tomará próximamente muestras en asesinatos: es el recambio de Laurence Fishburne, quien a su vez sustituyó a William Petersen, Grissom en el imaginario de los espectadores pese a su huida para evitar el encasillamiento.

Las grandes series se resisten a perder a sus grandes estrellas. Y, si sucede lo peor, continúan sin ellas: la audiencia manda. Así ha ocurrido en Dos hombres y medio, también de la cadena norteamericana CBS y serie más seguida de EEUU. La ristra de escándalos encadenada por Charlie Sheen provocó que prescindieran del actor mejor pagado de la ficción seriada norteamericana para que se incorpore Ashton Kutcher, si bien no queda claro cómo lo trenzarán en la trama: el protagonista fallecerá y, según barajan los guionistas, el nuevo personaje comprará su casa y, de paso, hospedará al resto de personajes.

Soltero, vividor y de nombre Charlie, el papel resulta intransferible, como casi siempre que se apuesta por el reemplazo. Precisamente Sheen entró en la comedia Sin City cuando el parkinson comenzaba a influir en Michael J. Fox. Por su parte, Farrah Fawcett dejó Los ángeles de Charlie tras una única temporada, más exitosa que la prometedora carrera que entreveía. Cheryl Ladd llegó en su lugar, aunque como una agente distinta.

Urgencias sobrevivió a la salida de Doug Ross, encarnado por George Clooney cuando todavía podía andar por la calle sin el asedio de los fans. En España, Sin tetas no hay paraíso y Aída se atrevieron a permanecer en antena -aunque con suerte desigual- sin El Duque (Miguel Ángel Silvestre) y Aída (Carmen Machi), respectivamente. Aída había surgido a su vez como spin off de Siete vidas, ficción especializada en encontrar sustitutos a sus bajas, del mismo modo que Hospital Central.

En ocasiones, productoras y cadenas van más allá: se resignan al actor, pero no al personaje. Vivian Banks, tía del príncipe de Bel-Air, fue interpretada por Janet Hubert y Daphne Maxwell Reid, a pesar del escaso parecido físico entre ambas actrices. Igualmente, tanto Jo Marie Payton como Judyann Elder figuraron en Cosas de casa como Harriette Winslow, sufrida vecina del patoso Steve Urkel (Jaleel White).

El año pasado, Pilar Punzano sustituyó a Irene Visedo en Cuéntame: jóvenes y de pelo negro pero lo suficientemente distintas como para que el público se percatara del cambiazo. Al menos, la longeva ficción de TVE no recurrió a giros de guión insólitos que la televisión española ha llegado a utilizar: en ¡Ala...Dina! la magia permitió el cambio de cuerpo de Paz Padilla a Miriam Díaz Aroca, y en Hermanos de leche Juan Echanove se convirtió en el Gran Wyoming tras someterse a una operación de cirugía.

31 marzo 2017

Maribel Verdú es una marrana

Es una de las actrices más respetadas y con una de las carreras más sólidas del cine español. Más de 60 películas nacionales e internacionales, teatro y televisión salpican un currículo también cuajado de premios. Sencilla, tímida ante los extraños, hogareña y muy amiga de sus amigos, Maribel Verdú (Madrid, 1970) prepara algunos sorpendentes proyectos, como su papel de madrastra en el largometraje Blancanieves.

Comenzó desde muy pequeña rodando anuncios publiciarios, ¿cómo fué aquella experiencia?
Mi madre es gallega y hacía desfiles para las boutiques de moda de allí. Yo me probaba siempre su ropa, ¡me encantaba ese mundo! Así que un día me metí en una agencia de modelos para sacarme un poco de dinero mientras estudiaba. Hice anuncios de televisión para La Casera, Carbonell... Me acuerdo que me pagaban en aquel entonces ¡30.000 pesetas! a los tres meses de haberlos rodado.

¿Cuándo decidió dar el salto profesional?
Cuando hice El crimen del Capitán Sánchez, de la serie de televisión La huella del crimen. Es cuando sentí que quería dedicarme al cine y les pregunté a mis compañeros cuál era el siguiente paso y me dijeron que lo primero que tenía que hacer era buscarme un representante. Llamé a todos los representantes habidos y por haber y nadie quería una niña con los dientes así... (risas), con trenzas... Al último creo que le di tanta pena que me dijo: "¡Venga, va..!" ¡He estado 20 años con él!

¿Porqué su papel en Amantes, de Vicente Aranda, marcó un antes y un después en su carrera?
Era mona, jovencita, con tetas y parecía que eso estaba por encima de todo lo demás... En Amantes, sin embargo, tuve el primer papel en el que sentí que me daban la oportunidad de demostrar que había algo más detrás y eso obviamente fue una suerte. Fue una película que tuvo mucho reconocimiento de crítica y público... Por primera vez sentí que me veían como una actriz de verdad.
¿Le ha llegado el momento en el que ha dicho "ya está, lo he conseguido" o todavía no?
Sí, sí, ya está. Ya estoy muy tranquila con todo. Ya he demostrado cosas en esta vida… Y no soy nada ambiciosa, nada. He tenido el reconocimiento y me siento querida en mi profesión y querida por la gente. Hago también para ello, soy una persona que intento llevarme bien con la gente, crear buen rollo a mi alrededor.

¿Se ha arrepentido de dejar pasar alguna oportunidad?
He perdido oportunidades, pero nunca me he arrepentido. Creo que las cosas llegan cuando tienen que llegar, sin forzarlas. Además, no soy inconformista; bueno, sólo en buscar la felicidad y en estar bien y en que la gente a mi alrededor esté bien, pero no en el sentido de ambición profesional.
Tiene una carrera extensísima y ha trabajado con los mejores directores, ¿qué hace que un director sea bueno para un actor?
Pues cuando te sacan cosas que tú no sabías que tenías… Esos directores que saben, sin ser pretenciosos, sacarte cosas que tú desconocías que estaban dentro de ti... Esos son los grandes.
Dígame alguno...
Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro, Fernando Trueba… No sé... Se me van a quedar muchos en el tintero y es muy injusto.

¿Idealizamos demasiado el cine estadounidense?
Sí, aquí siempre pasa eso. Fuera estamos bien considerados, pero nosotros creemos que lo de fuera es lo mejor; y nuestro cine no tiene nada que envidiar al de otros países.

Ha estado en la ceremonia de los Oscar varias veces, ¿qué tal la experiencia?
Las tres veces que estuve, al terminar la ceremonia, me fui directa al hotel. No fui a la fiesta del gobernador, ni a ninguna fiesta… Es que me daba mucha pereza, aparentemente soy muy sociable pero no es real... (risas). Estar con gente que no conozco es de las cosas que peor llevo en este trabajo...

¿Próximos proyectos?
Empiezo una película, Estrellas fugaces; después ruedo Blancanieves, donde haré de madrastra. Tengo otra película de género que me hace mucha ilusión, porque nunca he hecho nada así. Y a finales de año volveré al teatro con mi querida amiga Aitana Sánchez-Gijón.
¿Cine, teatro o televisión?
El teatro es mi gran pasión. Lo que te da el teatro no te lo da ningún otro medio. Yo siempre pongo un ejemplo: si mañana Jeremy Irons estrena película y a la vez lo puedes ir a ver al teatro, ¿con qué te quedarías? Claramente, yo iría al teatro a verlo en directo. Es un momento único... ¡Es tan alucinante!

Muchas actrices se quejan de que las encasillan, usted no...
Yo he hecho mucho de todo... todo tipo de papeles. Además, lo del encasillamiento no es cierto. A ti te mandan proyectos y eres tú la que elijes cual sí y cuál no.
¿Condisera importante en su profesion dar buena imagen?

Sí, sí, para mí es muy importante. Ya le dije antes que siempre me ha gustado mucho la moda, mis hermanas tienen una tienda en Benidorm, que se llama Mverdu, y cuando voy a verlas, las saqueo…
¿Es difícil compaginar trabajo y vida privada?
Mi marido y yo lo llevamos muy bien. Gracias a Dios, él no es abogado ni nada parecido… Es productor de teatro y puede viajar conmigo.

¿La receta para 12 felices años de matrimonio?
No existe competitividad entre nosotros; me hace sentir siempre como una princesa, me siento muy bien a su lado. Y siempre que podemos estamos juntos, nos necesitamos.

11 marzo 2017

El traumatólogo del rey

Su día a día transcurre entre quirófanos y pacientes, entre consultas y un permanente reciclaje profesional para ir siempre un paso por delante en su profesión. Apenas cuatro horas diarias de sueño le bastan a Ángel Villamor (Madrid, 1965) para mantener la actividad desbordante que desarrolla al frente de la madrileña Clínica iQtra, centro de referencia internacional en el tratamiento de las enfermedades del aparato locomotoTal vez por eso uno se le imagine siempre con una radiografía en una mano y con una prótesis en la otra; tal vez por eso resulte sorprendente verle colocarse con soltura un arnés y ponerse a escalar con asombrosa agilidad.

Pero todo tiene su lógica: la pasión por el deporte del doctor Villamor fue el motor que le impulsó a ejercer la traumatología deportiva, especialidad en la que se ha labrado una sólida reputación dentro y fuera de España, y que le ha llevado a reparar las articulaciones de los más afamados motoristas y toreros, además de a miles de enfermos desconocidos. 

Y en la escalada, una afición que le ha aupado a las cimas más destacadas de Picos de Europa, Pirineos, Alpes y Atlas, encuentra numerosas similitudes con su especialidad: "Así como antes de escalar nos documentamos y preparamos minuciosamente la ruta y la vía que seguiremos para saber cada paso que vamos a dar el día del ascenso, también las cirugías las preparo de un modo similaMe despierto de madrugada cada día, y leo y preopero mentalmente cada caso del día siguiente. Reviso las pruebas diagnósticas y repaso la historia, visualizo el abordaje quirúrgico y lo que mi equipo y yo vamos a encontrarnos durante la realización de la operación, preveo las posibles dificultades antes de que ocurran. Al igual que en la escalada, cada cirugía ha sido previamente preparada para intentar minimizar el factor sorpresa al máximo".

Un factor sorpresa cuya sombra siempre está ahí…
Exacto. Debes estar preparado, en la escalada y en la cirugía, para ser capaz de actuar ante un imprevisto. Te has marcado una ruta, pero tienes que tener la habilidad y el conocimiento para, si las cosas se tuercen, cambiarla. Tan importante es procurar tener perfectamente estudiada la ruta, con el material correcto y la preparación necesaria, como ser capaz de manejar lo inesperado.

Habla del material correcto, ¿hasta qué punto es importante?
Siguiendo con el símil, en la escalada el material es muy importante porque le confías tu vida y debes revisar cada pequeña pieza que te acompaña. Así hacemos también con el material quirúrgico con que trabajamos: colaboramos activamente con los laboratorios que investigan y mejoran estos materiales y las prótesis. Por ejemplo, uno de los laboratorios norteamericanos más relevantes del mercado está interesado en que seamos pioneros en el uso de las últimas novedades protésicas.
A usted le gusta abrir nuevas rutas en su especialidad...
Uno no se puede quedar en lo que aprendió en la universidad o en lo que ve con los pacientes. Hay que ir más allá. Con el tiempo, el mejor premio ha sido un crecimiento exponencial en el número de pacientes y habernos convertido en un centro de referencia para ir asumiendo cada vez casos más complejos, de pacientes que te vienen desesperados porque no les dan una solución. Eso te obliga a estar absolutamente al día.

¿Dónde aprende?
Mi maestro, el profesor Vilarrubias, me decía cuando yo estaba haciendo la especialidad: 'Angelito, vete a ver esta técnica a este sitio'. Y yo llegaba con cara de bueno, aprendía, absorbía las técnicas y me las traía casi de espionaje. Y con eso he seguido. A las cuatro de la mañana me levanto y me pongo a estudiar.
¿A las cuatro de la mañana?
Sí, hace tiempo que apenas duermo cuatro horas al día.
Pero, ¿por qué? ¿No es un tanto obsesivo?
Es que a esa hora se me despierta la cabeza y ya no puedo dormiY hubo un día, hace ya bastantes años, en el que decidí saltar de la cama y aprovechar ese momento para, además de preparar las cirugías, leer y ponerme al día. No puedo simplemente ver pacientes, tengo que aprendeY en cuanto leo que alguien hace algo distinto, algo mejor, le llamo para ver si acepta que pase una temporada con él aprendiendo la técnica, el detalle.

Supongo que serán matices, pequeñas cosas…
Claro, esto es una ciencia muy responsable, no es previsible que se produzca un cambio abismal de un día para otro. A lo que vamos es al detalle, a esa pequeña innovación que, como en la escalada, te va a permitir ser exquisito y evitar complicaciones.
Pero en la escalada uno lleva arnés, y en la cirugía no…
Sí lo llevo: la confianza en mi equipo, bien formado y perfectamente coordinado y entrenado. La vasta experiencia de todos estos años nos ha permitido que se establezca una compenetración y apoyo mutuo con los que los casos sencillos lo parecen aún más, y los momentos difíciles de una cirugía los sorteamos unidos, hablando el mismo lenguaje, a veces silencioso y con absoluta seguridad. Ese es mi arnés.
¿Y no le da vértigo cada vez que abre una nueva vía, cada vez que pone en marcha una técnica novedosa?
Da vértigo todos los días, todos, no solo cuando estás ante un caso complejo. Cada día tienes delante un paciente que se te está entregando. Y me gusta siempre hablar con él antes de la cirugía y darle un beso. Es algo que les choca muchísimo. Pero en ese gesto, con el que pretendo darle tranquilidad y cercanía, me conciencio de que me estoy asomando al abismo.
Porque siempre hay una persona detrás de esa articulación enferma…
Es así. El vértigo de cada cirugía es único. Hay que tener una atención constante y conocer al detalle las peculiaridades de esa persona en concreto, porque cada paciente es distinto.

¿Qué es la cosa más rara que ha tenido que hacer?
Es difícil de decir, muy difícil. [Permanece unos segundos en silencio]. He operado a deportistas de élite, he trabajado muchísimo la innovación, he hecho cirugías verdaderamente complejas de pacientes a los que se daba por perdidos… Pero lo más tremendo son las cirugías infantiles, sobre todo por el vértigo que te da el pensar que estás decidiendo la vida que va a llevar ese niño a partir de tu trabajo. Malformaciones congénitas, padres que vienen para ver si tú puedes conseguir que camine… En esos momentos, el beso que les doy es algo verdaderamente especial.
La innovación es el sello de su casa. ¿Le ha granjeado reticencias o celos de otros colegas que, digamos, no están tan al día de las últimas técnicas?
No creo, no creo. Siempre pueden surgir ideas románticas como las de un Galileo perseguido por la Inquisición porque era un visionario… Pero no: estamos en pleno siglo XXI y no creo que haya tantas envidias profesionales que cuestionen la innovación. La comunicación es hoy tan global, tan fácil, que estamos todos con los ojos muy abiertos a los que hacen los demás.

No me diga que no hay algún que otro recelo entre médicos porque los pacientes les piden que les hagan lo mismo que han leído que ha hecho Villamor…
Mira, de verdad, te digo una cosa: en los últimos años, la medicina española se ha ido haciendo más responsable, los profesionales han ido dejando de lado esos, digamos, instintos, y se nos respeta muchísimo en el extranjero. Por ejemplo, el año pasado fui director del Curso Práctico de Cirugía Artroscópica de Cadera de CONMED-Linvatec, celebrado en Fráncfurt (Alemania). Y, en los últimos años, he sido profesor de diversos cursos celebrados en España a los que acuden muchísimos colegas de otros países a aprender de nosotros. Eso demuestra que nos vamos profesionalizando.
Esto es, por tanto, un camino de ida y vuelta: usted viaja allí donde puede aprender, y los demás acuden a usted…
Sin ninguna duda. Vienen a nosotros para que les enseñemos lo que somos capaces de hacer aquí. Tenemos tal volumen de trabajo que nos da una gran seguridad para poder innovar.

Buena parte de esa capacidad de ir más allá, de arriesgar, se la debe a los deportistas, ¿no es así?
Los deportistas profesionales tienen una prisa loca por recuperarse; no se pueden permitir una sola secuela, tienen que rendir al cien por cien. Tú, o yo, nos podríamos quedar con una molestia que no repercutiría en nuestra vida, pero la exigencia en la perfección, en la exquisitez del resultado, hacen que el deportista te anime y asuma el riesgo de aplicar esas pequeñas variaciones, esas innovaciones que te vas trayendo de fuera o que tú mismo vas desarrollando con la investigación y con la experiencia.

Son, por tanto, su banco de pruebas…
Efectivamente. Y ahí está la magia de nuestro equipo: hemos sabido adaptar la práctica que desarrollamos con los deportistas a las cirugías del resto de los pacientes. Así, si veíamos que algo de lo que hacíamos con un motorista lograba que se recuperara más rápido, lo trasladábamos a los demás. Porque lo cierto es que, aun cuando en los primeros años los deportistas eran el grueso de nuestro trabajo, progresivamente nos hemos ido decantando por, podríamos decir, el ciudadano de a pie. Y nos hemos superespecializado en prótesis de rodilla y cadera para artrosis.
Pero a usted se le sigue conociendo en la calle como el traumatólogo de deportistas y toreros… ¿Cómo llegó a ese mundo?
Mi pasión por el deporte me llevó a iniciarme en la traumatología deportiva. En aquel entonces, el único sitio para formarse en esta especialidad era en Barcelona, en Dexeus. Me fui introduciendo en la federación catalana de rugby, de baloncesto, de motociclismo… Y esto me fue llevando a tratar con todos estos pacientes…
Que son los que más se rompen…

Claro, trabajamos mucho en moto e hípica, se rompen muchísimo. La temporada de esquí nos trae muchísimo trabajo. Es una locura.
Para que luego digan que el deporte es salud…
[Risas]. Fuera de bromas, realmente esto es algo que tenemos que cambiar en nuestra mentalidad. El deporte es salud, pero no de por sí: hay que saber practicarlo y elegir cuál es el deporte que va bien para tu físico, para tu edad, para tus aptitudes. Nuestros abuelos no hicieron deporte y parece que nosotros lo hemos descubierto con cierta ingenuidad. Pensamos que es sano sudar como locos, poner el corazón a mil…
Buscar el "yo más"…
Sí, el estar por encima de tus posibilidades, el superarte. Es que no hay que superarse, sino encontrar tu punto y trabajar cómodamente.
Pues como todos nos apliquemos el cuento, se quedará sin trabajo…

Sí, ja, ja, ja. Pero bueno, como te decía, la mayor parte de mis pacientes de ahora no son deportistas, eh.
Pues debe de ser un buen cambio ese de pasar de atender lesiones de deportistas de élite a intentar corregir los estragos del tiempo y de la artrosis…
Ha sido una evolución que hemos ido viviendo. Se trata de ir aplicando las mismas técnicas a una enfermedad como la artrosis, y no solo en la cirugía, sino también en el tratamiento y en la prevención. Son facetas muy diferentes, pero igualmente satisfactorias: es volver a dar la vida a un paciente que no es que vaya a perder su carrera profesional, como ocurriría con un deportista o un torero, pero sí la posibilidad de disfrutar del día a día.

Las expectativas de unos y otros serán diferentes…
Distintas, sí, pero ten muy en cuenta una cosa: ya no estamos tratando con aquel paciente anciano que se conformaba con cualquier cosa. La población va envejeciendo, y lo hace esperando mantener una calidad de vida que les permita conservar sus aptitudes. Antes, el abuelito se quedaba en casa y ya está; hoy, ese paciente quiere seguir activo. Nosotros hemos vivido este momento de cambio en paralelo, y ha sido muy gratificante. Nos hemos exigido estar al día y nuestra gran experiencia nos permite tener seguridad en la innovación. Todo esto es para mí tan excitante como en mis orígenes lo fue la traumatología deportiva.

Doctor, ¿somos muy quejicas?
Hay de todo, hay de todo. Pero hay muchos detalles en los que podemos ayudar para, como dices, ser menos quejicas porque no haya motivos para ello. Tenemos una psicóloga, fisioterapeutas muy bien preparados que conocen al paciente desde antes de la intervención, que entran al quirófano para ver las peculiaridades de cada caso a fin de que el postoperatorio sea lo más relajado posible…

¿Qué es lo que más nos falla, lo que más nos rompemos, lo que más nos duele?
Las articulaciones de carga, las rodillas y caderas, que son las que más se desgastan. Ahí nos hemos especializado.
¿Están mal diseñadas? ¿Dios no hizo bien ese día los deberes?
No, no… Es sencillamente porque cargan con nuestro peso durante toda la vida. Yo creo que todo está muy bien diseñado.

Le voy a preguntar algo que sé que le va a incomodar: ¿es usted el traumatólogo de moda?
Es muy importante en medicina no considerarlo así. Preferiría decir que tal vez ahora soy el más mencionado, el más citado. Pero no me gusta nada pensar que estoy de moda.
Pero, sin duda, ahora mismo está en el escaparate…
Es posible que trates en un momento dado a un paciente más mediático y eso te coloque ahí. Aun así, te hago hincapié en que sigo viajando a ver técnicas y a aprender de otros compañeros, tanto extranjeros como españoles. Seguramente hubo un tiempo, cuando la comunicación no era tan rápida, en el que existían los popes de la medicina. Pero no hoy.

Habla de pacientes mediáticos… y no podemos dejar de citar al Rey. ¿Un plus más a su autoexigencia?
La autoexigencia es siempre la misma, pero sí da un pellizquito especial. Lo que ocurre es que se trata de una persona muy inteligente que sabe manejar y apaciguar esa sensación, de manera que inmediatamente relaja la situación. Todo el equipo le adora, y él adora al equipo. Pero no podemos negar que, al tratarse de alguien tan importante en la vida de todos nosotros, sí puede ser algo vertiginoso. Eso sí, al empezar la cirugía lo conviertes en un paciente y ya está.

Porque sus articulaciones son como las nuestras, ¿no?
[Risas] Sí, más o menos…
Y su sangre no es azul…
Esa es una broma que siempre nos hace cuando le sacamos sangre.

Hábleme del futuro, ¿qué nos espera?
Estamos afinando muchísimo en la prevención. De hecho, nuestra principal actividad no es quirúrgica, sino que la desarrollamos en la consulta enseñando a prevenir y retrasar las enfermedades del aparato locomotor asociadas al envejecimiento: dieta, buena selección de la actividad física…
¿Habrá tratamientos revolucionarios?
Creo que en estos momentos todos estamos muy volcados en la medicina molecular y celulaPor ejemplo, ya en 2006 utilicé un trasplante autólogo de células madre adultas para, por primera vez en España, consolidar una fractura compleja de fémuEs muy importante que esto se haya aplicado a la traumatología, porque, durante décadas, a los traumatólogos se nos consideraba los mecánicos. Estamos hablando del antienvejecimiento, de la fuente de la juventud. Tal vez una quimera, tal vez un ocho mil.

Por más que los medios le hayan puesto en el escaparate como traumatólogo de Don Juan Carlos, al doctor Villamor no le gusta que se le etiquete así. Le ha operado, sí, y lo tiene a honra, también, pero recuerda que "fue un gesto de reconocimiento a todo lo que llevábamos hecho con anterioridad. El hecho de que alguien como él venga a ti con tu currículo en la mano diciendo: 'Quiero que seas tú quien me ayude…' es de un vértigo importante".
En ese currículo que menciona hay numerosos premios y reconocimientos, como la Mención de Honor en los II Premios Best in Class, el hecho de que una técnica quirúrgica diseñada por él en el campo de las prótesis de cadera fuera seleccionada como uno de los mejores trabajos presentados a la Academia Americana de Cirugía Ortopédica, o los premios que esta misma Academia ha concedido al equipo de iQtra.
En diciembre de 2017, el doctor Villamor puso en marcha su blog. Desde entonces, ha recibido más de 500.000 visitas y ha respondido a más de 10.000 preguntas de personas de todo el mundo que, gracias a esta plataforma -que funciona de forma altruista y gratuita, y que no cuenta con ningún apoyo publicitario ni financiero- pueden tener acceso a su experiencia y conocimientos.