21 noviembre 2012

La sonrisa siempre tan diplomática

En ámbitos cercanos al Departamento de Estado norteamericano empieza a tomar cuerpo la consoladora idea de que los profesionales de la diplomacia estadounidense están recuperando el control de la política exterior del país arrebatándoselo al secretario de Estado, James Baker. Prueba de ello son los dos discursos pronunciados por Baker la semana pasada, en los que proponía una política de mayor confianza en cuanto al control de armamentos y expresaba sus simpatías hacia la «perestroika» de Gorbachov. Después de nueve meses de rencores, recelos y escepticismo en cuanto a las posibilidades de Mijail Gorbachov de seguir al frente del país, ahora las cosas han cambiado de tono. Hace tan sólo dos meses el vicesecretario de Estado, Lawrence Eagleburger, elaboró un informe que fue calificado entonces como de «alta política».

La doctrina de Eagleburger decía de forma clara y tajante que la tarea consistía en trazar una política exterior capaz de servir a los intereses norteamericanos independientemente de que Gorbachov fuera o no defenestrado, y mucho más imparcial que la que él hubiese intentado llevar a cabo en el lugar de los estadounidenses. El informe provocó un gran alboroto y los demócratas empezaron a ganar terreno ante una Administración nostálgica de la «guerra fría». Además, el ministro soviético de asuntos exteriores, Eduard Shevardnadze, un georgiano con un gran encanto personal, consiguió seducirlos a todos con su visita a los Estados Unidos. A los tres meses de ocupar el cargo, Mijail Gorbachov, sustituyó al veterano Andrei Gromiko, por el anterior jefe del partido en la república de Georgia.

No porque éste entendiera mucho de diplomacia y política exterior, sino porque Shevardnadze tiene un gran don de gentes que le permite ganarse rápidamente la confianza de las personas. En hombres como Shevardnadze se confía rápidamente, y Gorbachov fue lo suficientemente astuto como para darse cuenta de que, al más alto nivel, las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética dependen en gran medida de este tipo de cualidades personales. El plan fue puesto en marcha y el entonces secretario de Estado de Ronald Reagan, George Shultz, comenzó a mostrarse feliz en compañía de Shevardnadze.

Después de decadas de gélidas relaciones con la diplomacia soviética, ministros de Asuntos Exteriores como George Shultz o el británico sir Geoffrey Howe se sentían como pez en el agua al ser invitados por Shevardnadze a su casa de Moscú para una íntima cena de familia. El mes pasado, mientras iban de camino hacia Wyoming, donde se celebraría la reunión cumbre de los jefes de la diplomacia de Estados Unidos y la Unión Soviética, Shevardnadze y Baker se pasaron casi las cinco horas de viaje hablando de las dificultades económicas que atraviesa la Unión Soviética y de la amenaza de desestabilización y guerra civil que puede surgir como consecuencia de los enfrentamientos étnicos y los conflictos nacionalistas.

Shevardnadze fue completamente franco al hablar de estos asuntos subrayando que el Kremlin no está dispuesto a perder los nervios o el control de la situación; al mismo tiempo, añadió Shervardnadze, los soviéticos intentan resolver estos problemas de la forma más democrática posible. Baker comprendió enseguida que le sería muy facil trabajar con Shevardnadze, el cual hizo algunas inteligentes concesiones que rompían la tónica tradicional de la constante negativa soviética a firmar un tratado de reducción de misiles estratégicos sin que antes Estados Unidos abandone el proyecto de defensa antimisiles («Guerra de las Galaxias»).

Sobre el meollo de las conversaciones que les ocupaban, Shevardnadze, de hecho, tocó de modo superficial todos los temas o los pospuso para otro día. Baker estaba encantado. El secretario de Estado norteamericano creyó que era él el que eludía un enfrentamiento, lo que le reportaría la simpatía de los moderados y de los medios de comunicación de su país, al mismo tiempo que se sentía capaz de evitar los ataques de los conservadores. Todo aquel que ha trabajado con James Baker dice de él que es un adinerado jurista de Texas, de educación refinada, cuya ambición personal hace que en cualquier asunto la prioridad fundamental sea su propia carrera.

Nancy Reagan, en sus memorias publicadas recientemente, asegura que Baker tiene puesto el ojo en el despacho del presidente. Para un republicano, el camino clásico para llegar a la Casa Blanca es ser lo suficientemente conservador para conseguir la nominación del partido y lo suficientemente moderado para conseguir el voto del electorado. El plan de Baker, al parecer, es muy similar. Sin embargo, hay un hecho importante: Baker no cuenta con la simpatía y el respeto de sus diplomáticos. El departamento de Estado, además, cuenta con un reducidísimo grupo de consejeros, mientras que el conocimiento del resto del mundo que tiene Baker sólo lo recibe mediante los informes que le envía la gigantesca burocracia diplomática.

Esto tal vez pueda explicar la serie de reveses diplomáticos sufridos desde que Baker ocupó el cargo de secretario de Estado: la falta de apoyo por parte de los países latinoamericanos para aislar a Noriega, el error al considerar las expectativas de supervivencia del general Najibullah después de la retirada soviética de Afganistán. No incluyo en esta triste lista de errrores diplomáticos norteamericanos la debilidad que muestran los esfuerzos pacificadores de Estados Unidos en el Medio Oriente. Es un intento honesto y Baker trata de reparar así las heridas que sufrió cuando sugirió al lobby judío norteamericano que Tel Aviv debía abandonar sus planes de constituir un Gran Israel. El reducido equipo de colaboradores de Baker es una mezcla de profesionales de la política exterior como el experto en asuntos de Medio Oriente, Dennis Ross, e inocentes diplomáticos o abogados privados como es el caso de la debutante secretaria de prensa, Margaret Tutweiler -a quien todos conocen como la Reina Tut- que, aunque con gran capacidad de trabajo, desconoce las nociones más elementales de diplomacia y geografía.

Tutweiler considera que su trabajo consiste en estar bajo la protección de Baker y no en clarificar la política exterior de Estados Unidos. Para Baker es de gran importancia la nueva política exterior soviética. En la próxima cumbre se discutirán dos tratados para reducir los arsenales estratégicos y las tropas en Europa que cuentan con el decidido apoyo de Gorbachov y Shevardnadze. Al darse cuenta de que el éxito de una superpotencia depende de su capacidad para resolver conflictos en países del Tercer Mundo, Baker está empezando, por fin, a escuchar al bien informado equipo de sovietólogos y no a los escépticos del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca.

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