18 agosto 2014

La barba de Pau Gasol

El Hombre Olvidado, convocando el descaro de sus chicos, les decía: "Lo importante es jugar ante mucha gente, aunque sea en contra". Porque el desparpajo, la valentía, el morro que les haría extranjeros de sí mismos, españoles atípicos, no es de hace cuatro días. En el Eurobasket júnior de 1998, en semifinales, ante Grecia, con los aficionados helenos lanzando calderilla al parqué, Los Ángeles de Charly acabaron desquiciando a sus rivales, con Papadopoulos, que luego jugaría en el Madrid, destrozando el tablero de un balonazo. Y unos meses antes, sin Navarro —ya casi profesional— ni Reyes —lesión de tobillo—, acudieron al torneo de Mannheim, un trasunto oficioso del Mundial. 

Organizado bajo los auspicios del ejército estadounidense en su base en la ciudad alemana y con los españoles, por tanto, rodeados de militares, los Estados Unidos, que habían ganado las últimas seis ediciones, fueron sustituidos en el palmarés por un equipo en el que pronto tomaría el liderazgo Pau Gasol. Aún barbilampiño, era un incomprendido en su Barcelona y un secundario de la Selección. Había opositado a mediocentro a lo Guardiola, a tenista, a nadador, a karateka y a pianista, con cinco años de formación, hasta los 13. En lo baloncestístico, verde por fuera. Sin embargo, abandonó de súbito el papel de figurante y gritó quién sería. Anotó cinco triples en la final de Mannheim. A sus 17 añitos, un talento por condimentar, no tembló ante Australia (80-78), registrando una denominación de origen, libre del tembleque que había formado parte de la idiosincrasia nacional, también ajena a Navarro y a Raúl López. 

Avanzado de su generación, ese dúo completó un catálogo de actos providenciales en tiernas situaciones límite, como en las semifinales del Mundial 99, para servir la victoria ante Argentina, por un punto (81-80), anticipando la víctima y la diferencia lograda siete años después en categoría absoluta. En la final, se rendiría Estados Unidos (94-87), en Lisboa, la ciudad del Big Bang en 1999, explosión de una leyenda prolongada hasta hoy.

El Hombre Olvidado, cincuentón largo (Madrid, 1957), disfruta recopilando el pasado, en una retrospectiva sin rencor. Astillado, entero. No es un hombre abatido, si acaso resignado, esa forma consciente de rendición. Y es un hombre alegre, que ironiza sobre su destino y que cada mañana se recarga con ese paseo que le conduce desde la puerta del madrileño colegio Virgen de Atocha hasta su despacho, surcando las canchas de baloncesto, mientras, como hoy mismo, a su paso, oye: "¡Charly!". Aquí, allá, afectuosos "¡Charly!", "¡Charly!"... Son chavales que no han podido olvidar lo que no vieron y fue olvidado, pero que se deslumbran al descubrir que su profe, antes que a ellos, entrenó a Pau Gasol. "El de los videojuegos", "el de los Lakers", comentan arremolinados alrededor de Charly, el hombre envidiado. 

Porque los niños miran con codicia las fotos en las que comparte plano con los ídolos aún vigentes y los padres de los niños también se encelarían si supiesen cuánto más guarda en su despacho, en esa estantería de cuatro baldas, abarrotada. Ahí expone maquetas de las naves de La Guerra de las Galaxias y todos los monigotes de Tintín, Astérix y Obélix que cualquiera soñó, en una colección armada en treinta años. En el corazón, y sobre la mesa, con forma de bote para bolígrafos, hay un escudo del Madrid, aunque su única experiencia con profesionales la disfrutó en el Estu (2001) y acabó en un diálogo de aeropuerto. Allí se atascó, en una versión castiza del Tom Hanks de La terminal.

"Pepu, ¿la reunión de mañana es para destituirme?", preguntó Charly al ex entrenador del Estu, director técnico desde hacía tres semanas. "Sí, Charly", se sinceró Pepu, que le sustituiría de inmediato en el banquillo, de donde ya solo saldría en 2005, para dirigir a los campeones que Charly había traído al mundo en aquel bienio precioso (1998-1999), años de gratificaciones para El Hombre Olvidado, con premio gordo: la oferta para pilotar al Estudiantes (2001-2002). Firmó por dos años, que se quedaron en una nada de 11 partidos de Liga que precipitaron definitivamente el olvido.

En aquella breve etapa coincidió con Jiménez, capitán de la Selección después, al que Charly había pretendido para el Madrid cuando trabajaba en la cantera blanca y el alero despuntaba en el San Viator. También desde el Madrid luchó por captar a un adolescente Garbajosa y, en esa misma época, como responsable de las categorías inferiores en la Federación, firmó la autorización para que Sergio Rodríguez ingresase interno en el centro Siglo XXI. No le había visto jugar, pero contaban de él sugerentes ingenios. Como maravillas se narraron siempre de Ricky Rubio, y cómo las sufrió Charly, al frente de una selección de Madrid que fue barrida en semifinales del Campeonato de España infantil por la Cataluña de Ricky.

Sin intermediarios, trató con Marc Gasol y con Rudy Fernández. Una vez despedida la generación de los júniors de oro, le encomendaron la del 85, con la que compartió chiquilladas como las de Marc, que jugaba a los detectives y se colaba en las conversaciones de los rivales en busca de información privilegiada que luego hacía llegar a su entrenador.

Corría 2001 y, en las antípodas, el rey de reyes se jugaba su futuro. Pau Gasol, en la madrugada española del 27 de junio, era seleccionado en el puesto tres del draft de la NBA. Marc enloqueció de felicidad cuando Charly se acercó a comunicárselo en el desayuno. No fue el único. Arturo Ortega, entonces representante español de los Gasol, concluyó ante Sainz de Aja: "Ya me puedo retirar".

A quien se le retiró pronto fue al Olvidado. En el Estu le dieron, dice, "puerta, hasta luego Lucas". Luego, después de un reenganche fallido a las selecciones —añadió a San Emeterio a su lista—, se esfumó. Recuerda su adiós a la Federación sin esa beligerancia que interrumpe para siempre la comunicación. Su horizonte se redujo al colegio, donde había empezado a entrenar a finales de los 70, y a un despacho que nunca cierra del todo. Puerta sin llave y ventana entornada, con una rendija para airear la estancia incluso en un día de otoño de 2013, cuando esos 800 niños, que supervisa como responsable de deportes, juegan fuera sin miedo a un balonazo de escarcha. Charly mata el gusanillo entrenando a un grupo de chicas, que así empezó todo, dirigiendo a Amaya Valdemoro y a Elisa Aguilar hacia la plata continental cuando apenas tenían 16 o 17 años, dos décadas atrás. Sin esas maravillosas mujeres serían menos maravillosos estos años. También sin Charly, que solo echa de menos una llamada, "alguna vez".

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