19 enero 2016

Rosa María Mateo es por fin libre

"No quiero volver a la rutina de la tele-visión. Mi última etapa fue muy dura. Además, me daría muchísima pereza enfrentarme de nuevo al espejo. Yo, ahora, soy libre". Rosa María Mateo, voz e imagen de referencia de los informativos de televisión, musa de la democracia al ponerle voz al manifiesto contra el Golpe del 23-F, no quiere abandonar la tranquilidad que se ha impuesto como premio a una vida de trabajo. Lleva tiempo "desconectada" de la urbe, pero no de lo que ha sido su herramienta profesional: las noticias.

Impresionan sus ojos azules mutantes. "En verano y en el mar son de un color y en invierno, de otro; entre otras cosas, porque yo tampoco soy la misma por dentro. No me gusta esa estación". Esta burgalesa criada en Valencia necesita la luz y el sol para vivir. "Mis primeros recuerdos son del Mediterráneo. Me reconozco en la canción de Serrat. Me emociona". Pero a la vez, se considera de ninguna parte. "Tengo suerte porque no me siento de un lugar concreto. Me siento bien en todas partes". Recapacita unos segundos y profundiza: "Como en casa me siento nada más que en Levante y en el norte de España".

Ha conquistado el silencio, su propio tiempo, su soledad… "Huyo de la muchedumbre. En esta fase de mi vida necesito mucho espacio porque, si no, me ahogo. Además, soy bastante solitaria". No le tiene miedo a la soledad, pero sí respeto. "Leo, pienso, cuido mi jardín, mis plantas...".

-¿Le asaltan monstruos del pasado?

-No tengo ninguno. He aprendido a convivir bien conmigo misma.

La mujer que ha vivido de contar a millones de espectadores lo que pasaba en España y en el mundo, ahora puede estar días sin hablar con nadie. "Pero charlo con mi perro Kevin, con los árboles, con las cazuelas… Además, aunque esté callada, en el fondo estoy hablando. Tengo un diálogo permanente conmigo misma".

Reconoce que se está convirtiendo en un lobo solitario, lo que no significa que no le guste estar con la gente que quiere, "pero de pocos en pocos". Reflexiona en voz alta: "Hasta conduciendo, tampoco puedo ver coches delante. Me estoy dando cuenta de que me agobio con todo". Se echa a reír.

"He sido muy urbanita. Las grandes ciudades me fascinan; Nueva York, Londres, París, Madrid, pero hay algo que me ha hecho cambiar al venirme -hace 10 años- a vivir al campo. El espacio verde, oír a los pájaros… se está apoderando de mí de tal forma que no puedo con las multitudes".

El cambio no tiene que ver con el hecho de que sea reconocida allá donde vaya: "No, porque aprendí hace muchos años a ir en mi burbuja. Además, aunque me conozca la gente, nunca me he sentido famosa. Al principio, cuando me miraban, imaginaba que era porque debía de llevar la media rota. No me acordaba de que salía por televisión". Durante estos años, ha agradecido profundamente el cariño de las personas, "tienen un sentimiento bueno hacia mí que percibo". Pero necesita su espacio: "No podría ser persona y a la vez famosa, porque me convertiría en otra cosa. Para mí, lo importante es ser persona y ser fiel a uno mismo, con tu espejo, con tu vida y con tus sentimientos".

Cuando llegó a la televisión después de estudiar Derecho y de aprobar una oposición -soñaba con "ser independiente y dejar de pedir dinero en casa"-, la pusieron a hablar frente a una cámara. Se le acercó un realizador y le dijo: "Por mí, daría por terminada esta prueba". Acababa de descubrir a Rosa María Mateo.

Así entró en un mundo donde casi no había mujeres: "Me sentía poca cosa y pensaba que todos los que estaban allí sabían más que yo. Fui aprendiendo muy despacio. Además, he sido poco ambiciosa". Dice que hacía su trabajo lo mejor que sabía y que sólo se enfadaba si le parecía que el informativo del día tenía poco interés. "Lo que me preocupaba era vender bien las noticias". Enseguida, cogió la técnica y llegó a tener tanta facilidad que "era capaz de leer tres líneas a la vez", y parecía que lo decía de memoria.

Hoy sigue pendiente de las noticias, aunque con menos intensidad que antes. "Si el sumario me echa para atrás, ya no veo el informativo". Siempre ha sido una mujer comprometida, aunque "no he querido pertenecer a ningún partido político. Fui de Comisiones Obreras, pero me borré enseguida para ser libre. No he tenido lobby detrás, ni perrito que me ladrase. No se era tan sectario como ahora, que estás conmigo o contra mí". No entiende cómo ha logrado sobrevivir "en ese mundo durante tantos años".

-¿Tuvo algún problema presentando el telediario en vida de Franco?

-No, pero pensé que lo iba a tener cuando se produjo el atentado de la calle del Correo [12 personas murieron en la explosión de una bomba en una cafetería de Madrid]. Aquel día hice el telediario prácticamente llorando. Tengo que decir que he vivido momentos muy duros. Sobre todo, con los asesinatos de ETA.

Dos de los catedráticos con los que estudió Derecho, Manuel Broseta y Francisco Tomás y Valiente, fueron asesinados por la banda terrorista. "Fue terrible y me afectó mucho. Vivimos una época muy dura". Alguna vez, presentando el telediario, vio cómo el estudio se llenaba de guardias civiles buscando una bomba. Ella les animó a seguir la búsqueda y continuó con su informativo.

Recuerda especialmente el 23-F. Se encontraba en control para seguir las votaciones del Congreso en la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, cuando vio el golpe de Estado. "Estábamos todos desconcertados. No me fui de televisión hasta que no salieron todos los diputados del Congreso". Su obsesión era localizar a su único hijo, Germán, que tenía 11 años. "Al final, lo encontré en casa de un amigo. Esa noche pensé que a lo mejor no lo vería nunca más. La verdad es que no teníamos ni idea de lo que podía pasar. Recordábamos la historia de Chile o de Argentina". Fue clave el mensaje del Rey: "En ese momento, todos nos quedamos muy tranquilos".

Rosa María fue madre muy joven. "No pensaba en tener una carrera, sino en sacar adelante a mi hijo. Desde que nació, todo lo que hacía era por él". Aún recuerda el susto que se llevó cuando con nueve meses le subió la fiebre tanto que se quedó con los ojos en blanco. "Creí que se había muerto. Desde ese momento, más importante que la televisión y más importante que nada, era mi hijo".

Siente con él una conexión especial, sobre todo desde que se separaron. "Los dos somos independientes. Él tiene su chica y su vida. Pero siempre que le veo es como si algo me apretara en las vísceras". Está convencida de que el amor de hijo y de madre son distintos. "Cuando murió mi madre, sentí como si me cortaran el cordón umbilical y pensé: 'Ahora sí que estoy sola en la vida'. Estaba convencida de que, a su lado, nunca me podía pasar nada". Cuando habla de su madre, todo son elogios y añoranza: la echa de menos. "Todavía hablo con ella, en esos diálogos que tengo. Me hubiera gustado haberle devuelto todo lo que hizo por mi hermano Javier y por mí, pero murió muy joven".

De memoria prodigiosa, es capaz de acordarse de su primera gran frustración. No fue trabajando, sino muchos años antes. "Tendría 5 años cuando iba a hacer de Santa Teresita del Niño Jesús y por unas anginas me quedé en casa". Antes de aquello, con 3 años, aprendió a leer preguntando a su padre las letras que veía en el periódico. "Desde ese momento, lo que más me ha gustado en el mundo ha sido leer". Así, es capaz de "seguir en diagonal los libros que me interesan poco y, de forma tradicional, los interesantes".

En mitad de la entrevista, aparece, con el periódico bajo el brazo, el actor Miguel Rellán, con quien convive desde hace 10 años. Aprovecho su llegada para preguntarle sobre su relación con los hombres.

-¿Se ha dejado querer?

-Por supuesto, pero soy un ser libre. No puedo estar atada, ni tampoco me gusta atar a los demás.

Asegura que enamorarse a los 60 no es lo mismo que cuando se tienen 20 años. Conoció a Miguel en la cafetería de Televisión Española. "El primer día que quedamos nos caímos como una patada. Pero, tres años después, nos reencontramos y nos entendimos mejor". De todas formas, asegura que es "un desastre", porque nunca se entera de cuándo le gusta a un señor.

"Miguel y yo tenemos puntos de vista distintos sobre lo que vemos en teatro o en cine". Pero nunca discuten: "Después de un enfrentamiento, me puedo poner enferma todo un día". La periodista reconoce que le cuesta amoldarse a los demás. "Sé muy bien lo que quiero y me gusta ir a mi aire". Por ejemplo, ella detesta trasnochar y a Miguel le encanta. Por eso, dice que el secreto está en negociar. "En la convivencia hay que llegar a pactos".

Se define a sí misma como amiga de sus amigas, "y eso que de niña y de joven, las mujeres me aburrían mucho. Eso de jugar a cocinitas o de sentarme a ver pasar chicos, me daba pereza". Tampoco le ha gustado ir a bailar. "Prefería las canicas, el balón… Hasta que me hice mayor, el mundo de los chicos me parecía más apasionante".

A Rosa María, la vida se le desbarajusta continuamente, impidiéndole hacer las cosas que quiere, aunque ahora ha vuelto a reorganizarse y a encontrarse a sí misma. Eso sí: "¡Fuera de la ciudad porque, ya sabes, dentro me ahogo!".

Recién licenciada en Derecho, llegó por casualidad a la televisión y se quedó durante casi 40 años. Primero en Televisión Española, en programas como La segunda cadena informa, Buenas tardes, Informe semanal y el Telediario; y más tarde, en Antena 3, donde presentó durante una década la edición del fin de semana de las noticias. Rosa María Mateo (Burgos, 1943) fue una de las caras más populares de la información nacional hasta que, en 2003, un despido traicionero la retiró de la pantalla. 

Desde entonces, vive alejada de la ciudad, del mundanal ruido y de la televisión, una puerta que ha cerrado para siempre: "No quiero volver a la rutina. Mi última etapa fue muy dura. Yo, ahora, soy libre". Solitaria y amante del silencio, Rosa María Mateo se confiesa tranquila y feliz: "He aprendido a convivir bien conmigo misma. Ahora tengo tiempo para leer, pensar, cuidar mi jardín...".

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