10 abril 2016

La lencería francesa se fabrica en China

Las costureras de Túnez contemplan con miedo a las rivales de China. Están a 10.000 kilómetros y tienen menos sensibilidad cultural con la ropa interior, pero el coste de un minuto de trabajo en la república asiática -cuatro céntimos de euro- es casi la mitad que en el Magreb (7,5).

Hay otras razones para comprender la alarma. Empezando porque el 1 de enero de 2008 saltaron las restricciones proteccionistas que la Unión Europea imponía al coloso chino en materia de exportaciones textiles.

La medida concierne a los equilibrios de la lencería francesa.Está en juego un símbolo de la cultura nacional, tal como demuestran los semidesnudos de Jeanne Moreau o las transparencias intrigantes de Brigitte Bardot.

No se trata de un mero producto textil. Es un repertorio de seducción, un escaparate oculto, un símbolo del erotismo que las grandes compañías nacionales tratan de mantener erguido frente al asalto asiático. En realidad, hace muchos años que las multinacionales del Hexágono -Chantelle, Dim, Aubade, Playtex, Kookai- se han deslocalizado en el territorio magrebí. Particularmente en la localidad tunecina de Sfax, sede geográfica de la Sociedad Industrial de la Lencería (SIL).

Lleva las riendas del negocio Rachida Jamoussi. Una empresaria de 61 años que ha logrado satisfacer a la clientela francesa porque el producto resultante de los talleres compagina la calidad y la competitividad.

El 80% de la ropa interior producida en la fábrica se dedica a las exportaciones. Sobre todo Francia, cuyas empresas de referencia aprecian la escrupulosidad con que trabajan las costureas africanas.

Escrupulosidad y sumisión, puesto que el mercado tunecino se desenvuelve en condiciones laborales y sociales inconcebibles en cualquier país comunitario. Sirva como ejemplo que el promedio de una empleada de la Sociedad Industrial de Lencería comprende 48 horas semanales, una jornada de reposo semanal y un sueldo de 135 euros mensuales.

El régimen explica el desembarco progresivo de las firmas galas.Ségolène Royal, aspirante al Elíseo en 2007, había tratado de impedir la deslocalización de Aubade, pero la lógica global cedió al empeño de la candidata socialista. No existen los sindicatos en Túnez. Tampoco se ha conocido la eventualidad de una huelga en los últimos cinco años. De hecho, el país norteafricano produce uno de cada tres sujetadores vendidos en Francia. A un precio -tres euros- que podría considerarse sin competencia de no haber aparecido el fantasma de la maquinaria asiática.

Los datos de los últimos años invitan a la reflexión. Sobre todo porque la industria textil china ocupó en 2007 el 30,5% del mercado de la lencería francesa. Casi el doble del porcentaje conocido en 2004 (17%). El problema principal consiste en que aparece en juego el repertorio íntimo chino a precios mucho más asequibles y con nuevas pretensiones estéticas. Dicho de otro modo: la mentalidad asiática no conseguía comprender el barroquismo de un sujetador ni la delicadeza de un liguero porque sendas prendas resultaban invisibles. ¿Qué sentido tenía, entonces, cultivarlas con tanto esmero? ¿Para qué dedicarle energías a una ropa invisible?

La pregunta ha encontrado una buena respuesta en 2008, porque los diseñadores chinos, expertos en la clonación textil y en la asimilación de la mentalidad ajena, parecen haber entendido el peso de los factores culturales y sociológicos. Es decir, que la lencería china ha abandonado la línea espartana y antilujuriosa de antaño en beneficio de un producto cuatro o seis veces más económico e igualmente resultón a los ojos de las clientas galas, que se gastan anualmente 97,8 euros al año en ropa interior.

La agresión comercial china ha provocado la reacción coral de la industria de la lencería francesa. Se ha levantado en armas.Particularmente porque el suculento negocio, vinculado a una tradición centenaria y controlado fundamentalmente por los gerifaltes de un total de 70 empresas, lleva aparejado un volumen de 2.600 millones de euros al año.

¿Cómo defender entonces el territorio? Responde a esa pregunta Philippe Grodner en nombre de la firma de lencería Simone Pérèle.«El mercado está completamente bajo la influencia china. Así que nuestra solución pasa por evitar la guerra de los precios y por centrarnos en la calidad. De un modo u otro, la lencería tiene que ser un producto exclusivo, relacionado con un mercado peculiar. No podemos hacer frente a la mano de obra procedente de China. Y creo que tampoco ese debe ser nuestro objetivo».

Tiene razón. El posibilismo y el pragmatismo de la industria china requieren menos de 20 minutos para confeccionar un sujetador que resultaría occidental a los ojos de las francesas.

Nada que ver con los tejidos ni con la escrupulosidad de las grandes firmas del país vecino, decididas a plantar combate por medio de costosas campañas televisivas en nombre de un mensaje rotundo: «La lencería francesa es chic, es lujosa y tiene calidad.¿Acepta usted imitaciones?».

Con este panorama, la batalla no ha hecho más que arrancar. Mientras China calienta motores para engatusar, con sus diseños, a las clientas galas -encantadas, por otra parte, con los precios-, la industria de la cultivada lencería francesa intenta salir a flote después de haber trasladado su producción a Marruecos.

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