15 mayo 2016

Los guantes de Christian Lacroix

«Visten la mano como el traje a la actriz, a la bailarina, a la cantante, subrayando así nuestros hechos y nuestros gestos.» Así ve los guantes Christian Lacroix en su prólogo de Gants (Ed.Ramsay), un libro del fotógrafo Nicolas Descottes. El maestro de Arles rememora con pasión la época en que acompañaba a su madre a elegirlos. 

Pero quien enseñó al mundo entero cómo había que quitárselos fue Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946).En negro azabache y largos, se los desenfundaba poco a poco, al ritmo de la música y con un grado de erotismo que jamás se ha repetido en el cine. Usados desde la Antigüedad para proteger las manos del frío y de los trabajos más rudos, hasta Tutankamon se hizo enterrar con un par cubriendo sus manos. 

Mas son las mujeres sus auténticas devotas. La esposa de Napoleón, la emperatriz Josefina, usaba mil pares al año, por aquello de no repetir nunca, y en el Antiguo Régimen simbolizaban la decisión y el poder real, como ha apuntado la investigadora Annie Sagalow. Entonces, un guante de calidad era de piel española, corte galo y cosido inglés.

El escritor Théophile Gautier pensaba que «una mano cómoda en un guante es una mano aristocrática». Otro dandi contemporáneo suyo, Stéphane Mallarmé, apuntaba en 1874, desde las páginas de su revista «dedicada a la belleza y al lujo» La dernière mode, que tanto guantes como botines habían de mostrarse de lo más cuidados. Por ese tiempo, Hermès creaba sus primeros modelos de equitación; hubo que esperar hasta 1927 para descubrir sus líneas de ciudad y sport. Tanto gustaban estas piezas, que hasta Colette, la célebre escritora francesa, dedicó un texto en 1942 a algunos de los modelos de la firma de lujo. Como fuente de inspiración, la prenda ha cautivado a otros artistas, entre ellos el pintor Joan Miró, que en los años 20 del siglo pasado alumbraba Le gant blanc.

Desde hace un siglo, Francia tiene reputación mundial en la fabricación de los mejores ejemplares. Las localidades de Millau y Saint-Junien, al sureste, son las capitales de una profesión en la que el sexo determina la labor: los hombres tratan y cortan las pieles, mientras que las mujeres se encargan de su confección, a un ritmo de no más de cinco juegos al día. Así, desde los orígenes. A principios de los años 70, sólo en Millau se fabricaron alrededor de cinco millones de pares. En la actualidad, las cifras son notablemente inferiores, en gran medida por la irrupción en el mercado de productos importados de países donde la mano de obra es barata.Sin embargo, las casas de calidad han conseguido revivir gracias a que las firmas de moda se han decidido a sacar los guantes a las pasarelas.

Causse, fundada en 1892, es una empresa de origen familiar que resiste contra viento y marea. «Desde hace unos años, asistimos a una renovación constante de los accesorios. Primero fueron los zapatos, luego los bolsos y ahora les ha tocado el turno a los guantes. La maison Causse también fabrica los diseños de grandes como Louis Vuitton, Chanel o Loewe, unos 25.000 pares al año. Hace unos meses, abrieron su primera tienda en París, ubicada entre la lujosa Place Vendôme y el jardín de las Tullerías. Kylie Minogue arrasó el establecimiento en su última visita a la capital, como multitud de otros rostros famosos y clientes anónimos, sobre todo turistas asiáticos. «Los que más gustan son los modelos abiertos», cuentan.

Karl Lagerfeld opina que, «en un mundo cada vez más contaminado, el guante debería convertirse en un must», y predica con el ejemplo usando centenares de ellos. El káiser ha diseñado para Causse un modelo declinado en infinidad de colores y materiales que ya ha impuesto su ley. Es corto y se inspira en cierta medida en los que vieron la luz con el nacimiento de los automóviles deportivos.

Este 2007 se cumplen siete décadas de la creación de otra conocida casa, Agnelle, más democrática que la anterior. En los años 50, de sus fábricas salían 12.000 pares al mes, que en su mayoría iban a parar al mercado estadounidense. Para obtener uno de esos juegos, se precisa realizar cien operaciones manuales, lo que equivale a cinco horas de labor.

Como Lagerfeld, muchos creadores de moda han fijado su atención en este complemento, lanzando propuestas de lo más diversas, desde los negros con uñas de metal dorado de Elsa Schiaparelli (1936) hasta los inmaculados blancos de Courrèges (años 60) o el modelo mini en amarillo y de aire futurista de Thierry Mugler (1983), por citar sólo tres ejemplos. Yves Saint Laurent, pionero en presentarlos en color plateado en los años 80, confesaba: «Desde que han perdido su carácter obligatorio, se han convertido en accesorios con encanto indispensables. Como las joyas, suscitan auténticas pasiones».

Hablando de arrebatos, hay quienes los guardan como reliquias de coleccionista. La escritora de moda Lola Gavarrón posee una amplísima colección. «En invierno, me permiten el bonito gesto de quitármelos cuando tengo que dar la mano. Los veo como una media preciosa que cubre la mano o como el estuche de una joya.» Entre sus preferidos, se encuentran los de Isabel Cánovas. «Los guardé sabiendo el valor que adquirirían con el tiempo.»

Antes existía un complejo ritual alrededor de este accesorio.Un calendario de guantes regía las formas y colores que vestir ante cualquier circunstancia de la vida y los manuales específicos señalaban cómo y cuándo había que ponérselos o retirarlos, en una práctica muy relacionada con la conciencia del pudor y la moral de cada época. Así, un hombre había de despojarse siempre del guante a la hora de saludar; la mujer, por el contrario, lo tenía vedado. «Hoy se llevan como joyas, para diferenciarse, para aportar un toque final al look... 

La protección, por tanto, se convierte en algo secundario», apunta Manuel Rubio. De los muy largos a los más cortos, es un secreto a voces que la estética gana sobre el lado utilitario desde hace varias temporadas. Vuelve el chic atemporal, muy francés, y este accesorio resulta uno de sus símbolos por excelencia. 

Los nombres más consagrados del prêt-à-porter acostumbran a plasmar en este complemento el espíritu de sus colecciones o los iconos de la marca. Chanel realiza algunos en piel acolchada, Loewe apuesta por los largos en piel de serpiente y los Gwendoline de Fabre incorporan un simpático monedero. No existe una tendencia única. Quizá por esa razón se han convertido en nuestra segunda piel.

Cada cierto tiempo, los diseñadores insisten en que nos volvamos a poner guantes. Insisten, porque saben que es un accesorio nunca olvidado por las mujeres y necesario en el crudo invierno. 

Pero hay algo en el tema de los guantes que no acaba de cuajar. Nunca volverán, me parece, a formar parte esencial del atuendo femenino, por la sencilla razón de que están asociados a una elegancia pulcrísima y recatada, muy femenina y decimonónica. Los perfumados, en pieles delicadas y raras, y en una paleta de color extensa, con perlitas ciñéndolos a la muñeca, rematados en visón; bordados y decorados, ¿con qué nos los ponemos? ¿Con vaqueros y un jersey oversize? Antes, no hace mucho, estaban siempre al alcance de la mano, junto con el paraguas de puño de cabeza de cisne o la sombrilla, el gorrito de velo y una limosnera, en aquel mueble extinto donde se dejaban todas esas cosas y que te reflejaba en su espejo como una perfecta dama. El guante trae consigo gestos y ocupaciones que ya nada tienen que ver con la vida actual.

Su belleza formaba parte de una estampa que ya no se ve por las calles. Quitarse los guantes era un signo de intimidad, hasta el punto de que muchos de ellos se arremangaban sólo sobre la mano, sin deslizarse del todo fuera. Eran una segunda piel, algo con lo que recordar a un amante una caricia, con lo que ofender para propiciar un duelo. Al guante le seguía una mano nunca ofendida por el sol, manicurada discretamente, con polisoir y no con esmalte de uñas, y unas joyas que nada tienen que ver con las de hoy.

Los guantes de los años 60, combinados con la manga balenciaga, dejaban ver un poco de antebrazo, y esa fue su efímera fortuna.Probárselos apoyando el codo en una almohadilla de terciopelo redondo, que te sacaban en el mostrador de madera encerada, y acercarlo al óvalo de la cara para comprobar que hacía juego con la barra de labios es algo que todavía yo he visto hacer a mi madre con infantil admiración. Hoy, el guante se ha convertido en algo muy funcional, desprovisto de misterio y, sobre todo, de privacidad. 

Firmados por estrellas de la moda, pueden encontrarse por cientos; y son algunos muy bonitos, pero no es lo mismo, han perdido su aspecto literario, la historia que un par de guantes arrastraba al salir de casa. Ya no guardan otro secreto que su elevado precio, y algún fetichismo nunca comprobado.

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