18 mayo 2017

Rubem Fonseca nunca se acostó con prostitutas

Rubem Fonseca está en forma a sus 86 años recién cumplidos. El año pasado dio a la imprenta su, por ahora, última novela, El seminarista, que RBA acaba de editar en castellano. No sólo es singular que el viejo escritor se mantenga en activo, sino que conserve su estilo vitriólico e incisivo, la navaja afilada para los diálogos y esas fuertes y secas dosis de sexo y violencia que dejarían pasmado al mismísimo Quentin Tarantino. El seminarista, como otros relatos de Fonseca, tiene película dentro.

La trayectoria de Rubem Fonseca siempre fue singular. No es frecuente empezar a publicar a los 38 años y, menos, tras haber sido policía. Nacido en Juiz de Fora, una ciudad que hoy tiene medio millón de habitantes, en el estado de Minas Gerais, Fonseca estudió Derecho Penal, pero en 1952 se metió a policía y llegó a ser comisario en Río de Janeiro. Eran, en la convulsa historia del Brasil del siglo XX, los tiempos de la presidencia democrática del mítico Getúlio Vargas, que, con democracia y con dictadura, fue presidente en cuatro ocasiones. Populista y reformador, Vargas fue acosado por los militares y, tras dejar escrito un impresionante manifiesto, se pegó un tiro en 1954. 

El país se quedó temblando. Diez años después los militares dieron un golpe y volvieron al poder, implantando una dictadura que duraría dos décadas. Fonseca noveló las dramáticas y complejas circunstancias que precedieron al suicidio de Vargas en Agosto (1990), libro que, junto a otros del autor, RBA se propone recuperar próximamente.

Pero cuando llegó la dictadura militar -con la que tendría reiterados problemas de censura-, Fonseca ya había dejado la Policía. Se retiró del cuerpo en 1958. Como policía, parece ser que Fonseca pisó poco la calle, dedicándose a tareas de despacho y de relaciones públicas, lo que no fue obstáculo para que pudiera conocer de primera mano historias, personajes y ambientes que más tarde pondría en juego en sus libros. También fue profesor en la Escuela de Policía y, por sus méritos, fue elegido para ampliar estudios en Nueva York y Boston, en cuyas universidades se especializó en administración de empresas. Antes de dedicarse por completo a la literatura, Fonseca trabajó en Light, una importantísima compañía de energía eléctrica. Peculiar currículo para un futuro novelista, ¿no?

Rubem Fonseca debutó como escritor, en 1963, con Los prisioneros, un libro de cuentos. Desde entonces, está acreditado como un gran cuentista, y no pocos lectores españoles tienen excelentes recuerdos de El cobrador (1979). De cualquier manera, dentro de su fértil producción -cerca de una treintena de títulos-, Fonseca ha publicado más volúmenes de relatos cortos que novelas.

Su primera novela fue El caso Morel (1973), que compite para muchos con El gran arte (1983) por el entorchado de obra maestra. La literatura de Fonseca no desdeña la tradición de su país. Más cerca relativamente de su paisano Joao Guimaraes Rosa que de un Jorge Amado, en El seminarista reivindica a Lima Barreto -posterior a Machado de Assis- y segundo padre de la narrativa contemporánea brasileña. Los libros de Fonseca suelen estar llenos de alusiones y citas cultas. De gestos metaliterarios, a veces compatibles con el carácter crudo y directo de su narrativa. En El seminarista, el gélido asesino profesional que protagoniza el relato no para de citar en latín a Horacio, Cicerón, Virgilio y muchos más. Es muy cinéfilo -Kurosawa, Fellini, Kubrick- y gran lector de poesía -Keats, Pessoa, Dickinson-, poesía que lee a su enamorada en momentos de relajo y consuelo, que dicho sea de paso, buena falta les hacen entre crimen y crimen. Son citas que no molestan y que, a veces, divierten, pero -tengo que decirlo- un poco impostadas para un bestial artista del tiro en la cabeza.

Gran lector de Kafka y Babel, Fonseca ha asimilado también influencias de la novela norteamericana -de Bellow a Updike- y, por supuesto, de los grandes escritores norteamericanos -Hammett, Chandler- del género negro.

No hay lector de Fonseca que no piense que sus novelas urbanas, negras, criminales y detectivescas rebasan los límites del género policial para adentrarse en los oscuros males existenciales de la condición humana y en las perversiones -corrupción, soledad- de la sociedad capitalista. Los premios Camoes y Juan Rulfo que Fonseca ha recibido alertan de la estatura superior del escritor.

El gran arte consagró a un personaje, el abogado criminalista Mandrake. Walter Salles (Estación Central de Brasil, Diarios de motocicleta) debutó como director, en 1991, con una adaptación de El gran arte. Las peripecias de Mandrake han sido llevadas a la televisión en una serie de la HBO, también con guión del propio Fonseca, que ha escrito varios guiones de cine sobre relatos propios o ajenos. En estos menesteres ha colaborado en ocasiones con uno de sus tres hijos, José Henrique. Rubem Fonseca es viudo, y se ha empeñado en mantener su vida dentro de un persistente anonimato, con muy pocas apariciones públicas y con menos declaraciones a la prensa. Fonseca es de la opinión de que la imagen pública de un escritor distorsiona y dificulta la mirada del lector hacia su literatura.

El seminarista, como su título sugiere, es la historia de un tipo que iba para cura, pero, cosas que pasan, ha terminado siendo un reputado asesino profesional, conocido como El especialista. No pregunta nada personal sobre sus víctimas, no lee las noticias que hablan de sus crímenes. Se limita a ejecutarlos con precisión y sin saña. A sus objetivos, marcados por El empresario, los llama sus clientes. Se niega a matar mujeres, niños y animales. Su pistola favorita es la Glock, tan simétrica.

Cuando no trabaja, le gusta leer, ver películas, escuchar rock en su MP3 y la comida popular y barata. También le gusta, y mucho, acostarse con mujeres, nunca prostitutas. Mujeres, dice, flaquitas, con tetas pequeñas, inteligencia y bondad. Así es Kirsten, a la que conoce en un bar, de la que se enamora y con la que se complica -y mucho- su tranquila vida de criminal a sueldo. Y es que hay por ahí peces gordos que son, verdaderamente, malas personas. Lo dice un hombre de 86 años. Algo sabrá.

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